miércoles, 23 de noviembre de 2022

CONTRACULTURA

En el terreno cultural hubo épocas de alegría, vitalidad e independencia hoy en retroceso. Falta atrevimiento, base de los avances, que necesita medios, concentración, estudio, tiempo de maduración. Lo contrario  de lo que hoy ofrece el mercado.

Pepe Rivas.


      Con frecuencia vemos aparecer la palabra “contracultura” en los medios y en las conversaciones impregnada de cierto halo nostálgico, como algo que fue pero ya no es. Parecido a la juventud que cuando quieres darte cuenta ya no está, algo que ocurrió en los años sesenta y setenta del siglo pasado. Tras dejar clara esa añoranza, como si fuera una señal de identidad, suelen elaborarse más o menos sesudos análisis de las razones que la hicieron desaparecer.

Si existe algo a lo que llamamos “contracultura”, es imprescindible que exista algo a lo que llamemos “cultura”. Es decir, todo parece indicar que la contracultura sería un reverso o cara B. En cualquier caso, una rama o parte de la cultura. Profundizando en esta idea, cabría suponer que no hay cultura sin contracultura y viceversa.

Desde siempre, cuando los recursos producidos no son suficientes, y a pesar de los conflictos que esa situación plantea, en un plazo no muy largo resulta un motor de progreso, ya sea colonizando nuevos territorios o mejorando esos métodos de obtener recursos. De la misma manera en el campo cultural, cuando las ideas convertidas en intereses de mercado con forma de libros, películas, prendas de vestir, dispositivos electrónicos y hasta tipos de maquillaje saturan su “mercado”, y los beneficios obtenidos son insuficientes, el mercado cultural se ve obligado a buscar nuevos territorios, es decir, a poner cosas nuevas en el bazar para que el nivel de beneficios se sostenga.

Ese poner “cosas nuevas” no es tan fácil como pudiera parecer, y puede conllevar duros conflictos con la cultura oficial, que es la permitida y costeada por la clase dominante. Si esa clase, en defensa de sus intereses ideológicos, consigue esconder o bloquear la aparición de nuevas formas que socaven su dominio en el mundo de las ideas, lo que conseguirá es el estancamiento del negocio cultural y dejar sin el único método, el de las “modas”, del que hace uso la mayor parte de la clase trabajadora para sentirse integrada. Si, por el contrario, es la clase trabajadora la que consigue imponer su criterio, siempre en paralelo con alguna algarada social, el bazar se llenará de “cosas nuevas” que sostengan e incrementen sus beneficios y, a la vez, las clases trabajadoras podrán seguir adormecidas en ese espejismo de integración que proporciona el “estar a la moda”.

De hecho, no ha desaparecido nada, salvo la juventud de los que en aquellos momentos solo podían hacer “contracultura”, pero que en la actualidad, no es que hayan sido absorbidos por el mercado de la cultura, simplemente los han sacado del trastero y los han puesto en el escaparate, ocupando el hueco dejado por las ideas que ya no venden. Esa es la razón por la que, hoy en día, la “cultura oficial” no envía directamente a la hoguera a todos esos vanguardismos confeccionados por cuatro genios incomprendidos y sin un céntimo en el bolsillo. Los necesita para disponer de “cosas nuevas”.

Así pues, “contracultura” ha existido siempre, no hay más que pensar en el romanticismo, en los impresionistas, en el surrealismo, en la generación beat, en el movimiento hippie, en el “Mayo del 68”, en la ola del heavy o del punk… cuyos productos, tan vilipendiados en su momento, lucen ahora junto a las obras clásicas, en el “merchandising” de todos los museos. Se trata de un mecanismo con dos objetivos, por un lado mantener el beneficio y por otro, garantizar modas que adormezcan el carácter rebelde que la injusticia económica incrusta en la clase trabajadora.

Esas añoranzas de las que hablábamos, resultan añoranzas, no de la contracultura sino de la porción de esta en que esos nostálgicos fueron protagonistas. Lo que de verdad añoran es su protagonismo. La contracultura sigue ahí y seguirá estando porque es una parte integral de la cultura. Otra cosa es que a los dueños de la cultura, les interese verla y presentarla como la alternativa y vanguardia de sí mismos.

Sin embargo, estos no son buenos tiempos para la lírica. La clase dominante anda metida en uno de sus típicos y criminales atolladeros, de los que siempre sale matando gente en alguna de las guerras que, como la contracultura, nunca le faltan. No, no están los tiempos para alternativas, todo lo contrario, presas del pánico que les produce la incertidumbre, se refugian en sus más reaccionarias ideas y si consienten y hasta subvencionan alguna alternativa, es de tintes fascistas. A los que, en estos momentos, sí plantean alternativas, como los “raperos” de todos conocidos, los meten en la cárcel o se ven obligados a exiliarse.

No se trata de un mecanismo que los mercachifles hayan inventado, es algo que han encontrado ahí, como la corriente de agua que aprovechan para producir energía, la contracultura es un daño colateral que no pueden evitar, de la misma manera que no pueden prescindir de los trabajadores. Son estos, precisamente, los que buscando sus propias formas de expresión, en ratos que les roban a otras necesidades y sin que les paguen un duro, los que producen la contracultura. Y es ahí donde la cultura “oficial” busca sus “vanguardias alternativas” cuando los beneficios se estancan.

De la misma manera que los mecanismos reguladores controlan el caudal de agua sobre la turbina, la cultura de la clase dominante controla los beneficios en el mercado cultural, publicitando más o menos productos contraculturales en función de sus intereses. Sobre todo a partir del “Mayo del 68”, esta es la forma como la burguesía aprovecha la inevitable producción contracultural, para mantener una oferta atractiva y puesta al día permanentemente.

Donde en el diccionario de la la RAE, definiendo la contracultura dice: “1. f. Movimiento social que rechaza los valores, modos de vida y cultura dominantes.”, debiera decir “Tendencia cultural que complementa los valores, modos de vida y cultura dominantes.”



jueves, 23 de junio de 2022

LA LIBERTAD

Podemos acordar, aunque solo sea para la lectura del siguiente texto, que “realidad” es cualquier cosa observada como el conjunto de una forma y su sustancia. “Forma” es lo que vemos de una realidad y “sustancia” son aquellas propiedades que tiene esa forma y que conocemos por experiencia. Así mismo, “vida” se refiere a la propiedad de la sustancia que le permite reproducirse. Por poner un ejemplo, el agua es una realidad cuya forma es la del contenedor y dos de las propiedades más utilizadas de su substancia son el fluir a favor de la gravedad y el invadir cualquier porosidad de la cosa con la que entra en contacto. Sin embargo, no tiene vida, ninguna de las propiedades de su substancia le permite reproducirse. Al igual que los minerales que cuanto son, tanto su forma como su sustancia, dependen de agentes externos a su realidad.

Los vegetales si tienen vida puesto que son capaces de reproducirse. Si el medio les es propicio tanto la forma como la sustancia dependen de agentes propios de su realidad. El nexo, es decir, la interacción entre el individuo y su conjunto o colectivo es simplemente de número. Si el exterior es muy propicio habrá muchos, si el exterior es poco propicio solo habrá unos cuantos.

Los animales, que también tienen vida, además, buscan o modifican el exterior hasta conseguir que sea propicio a las formas y substancias que le son propias. El hecho de que no se limitan a esperar, como los vegetales, supone movimiento individual. Esta propiedad, no obstante, está limitada por la dependencia entre los individuos. En su sustancia debe existir algún mecanismo que le obligue a mantener el nexo con la manada, cuando menos, para reproducirse. Tampoco son libres de abandonarla, difícilmente podrán integrarse en otra y sin ese nexo perderán la vida.

En el caso de las personas ese nexo también existe, pero no tiene una manera definida. A diferencia de los animales, en que la forma del nexo que establecen entre si está ya determinada en su sustancia, las personas podemos escoger o negociar la forma o tipo de nexo que nos une al colectivo. Igualmente, podemos abandonar y reincorporarnos al grupo con la únicas restricciones que el propio grupo imponga. Esa facultad es lo que denominamos libertad.

Observados a suficiente distancia, el grupo de animales se convierten en una manada y los colectivos humanos se convierten en aldeas, pueblos, ciudades... Cuando penetramos en la manada, o en un colectivo de personas, vemos que, aunque solo es posible en el seno del grupo, la unidad de vida es el individuo, es decir, quien toma las decisiones sobre su conducta es el propio individuo, decisiones que, en el caso de las personas, deben encajar en lo pactado que, a su vez, estará determinado por los intereses del colectivo. No tener presente esas limitaciones a su libertad dejaran al individuo fuera del colectivo, de forma parecida a como un animal queda fuera si no sigue fielmente el instinto de la manada.

En la naturaleza solo las personas tienen capacidad de ser libres, puesto que la libertad es una construcción cultural y la propiedad de generar cultura solo la tenemos los humanos. Prueba de ello es que en la naturaleza no encontramos nada a lo que podamos llamar “libertad”, tampoco hay nada a lo que podamos llamar “amor”, y así ocurre con muchos conceptos que, generalmente, entendemos como “naturales”.

Es la comunidad la que establece conceptos como la libertad: cada individuo puede hacer lo que le venga en gana, siempre y cuando su comportamiento se mantenga en los limites admitidos por el resto. Esos límites dependen del tipo de sociedad de la que se trate, desde las sociedades autoritarias que obligan a un único comportamiento bajo amenazas de todo tipo, hasta una sociedad, todavía hipotética, donde cada individuo pueda pactar esos límites según sus propias peculiaridades.

Queda claro que, si queremos mantener la cohesión del grupo, los intereses del colectivo son prioritarios con respecto a la libertad personal. La propia viabilidad del colectivo depende de su capacidad, por los métodos que sean necesarios, para integrar en su sistema de valores a los individuos que lo componen. De entre esos valores el límite de la libertad personal es fundamental, puesto que establece lo que sus miembros pueden hacer, cuáles son los límites a su creatividad y, en consecuencia, lo que ese colectivo es.

A la práctica el único fruto que obtenemos de nuestra capacidad de generar cultura es la confección de herramientas, para superar los distintos obstáculos que nuestros objetivos encuentran, ya sean de tipo físico o social. Ejemplos serían un cuchillo como herramienta física muy necesaria, y la solidaridad como herramienta social imprescindible para la propia existencia del colectivo.

La libertad es una de esas herramientas sociales necesaria para que el colectivo no se enquiste, para que no se cierre en sí mismo, para no caer en la endogamia cultural y biológica de las sociedades fascistas.

Sin embargo, no solo el fascismo acaba con la libertad. Cuando la cultura es pasada por el filtro burgués, cuestiones como la libertad se nos presentan, confundiendo el viaje con el destino, como un ideal a conquistar, como una especie de estado o paraíso donde todo es posible, postergando cualquier ejercicio de libertad para cuando se alcance ese objetivo, obligándonos a seguir las decisiones que esa misma burguesía nos dicta, pues con la libertad postergada, es decir, sin libertad no es posible decidir.

Lo cierto es que vivir en sociedad significa renunciar a toda o parte de nuestra libertad personal, y, por lo tanto, la libertad en abstracto, sin un “para qué”, es una meta absurda que conduciría a la disolución de cualquier colectivo sumiéndolo en el caos. Circunstancia que solo resulta interesante para las mafias, y para aquellos que entienden esa situación como necesaria para imponer sus ideas.

 

 

jueves, 24 de febrero de 2022

PREGUNTAS ANTES DE UNA GUERRA

Para reaccionar frente a la situación que plantea el conflicto entre Ucrania y Rusia, como en tantas otras circunstancias, el principal problema es saber cuáles son las verdaderas intenciones de las personas que ostentan el poder real, que siempre son una exigua minoría a las que nadie ha elegido, que siempre son los mismos con independencia del partido que ejecute sus mandatos. Conocer esas intenciones ha sido, y es, el principal rompecabezas de los que, de una u otra manera, estamos sometidos a ese poder, es decir, la gran mayoría. La principal preocupación, porque sin conocer la realidad es imposible intervenir en ella para modificarla y que no nos resulte, a las clases populares, tan gravosa como suele resultarnos. Sin embargo, la realidad está secuestrada por esa élite y la mantiene en régimen de incomunicación, es más, cualquier intento de entrar en contacto con ella puede tener consecuencias muy graves, y quién no se lo crea que pregunte a Julian Assange...

Los que crecimos y aprendimos la realidad durante el franquismo cometimos el tremendo error de creer que ese secuestro era una característica exclusiva de las dictaduras. No concebíamos que ese control de los poderosos persistiera una vez establecida la democracia, con la única diferencia que, bajo el nuevo régimen, se lleva a cabo de forma mucho más sofisticada y, por ende, es más difícil desenmascarar las verdaderas intenciones de esas élites que, en definitiva, son las que pueden financiar o no, es decir hacer posible o no, cualquier decisión de sus servidores políticos, por ejemplo, una guerra.

Después de todo, durante el franquismo, podías partir de una certeza: cuanto decían era mentira. En el nuevo régimen la información se proporciona en cantidades inabarcables y formando un amasijo indivisible, donde todo es verdad y mentira simultáneamente, como si de otra versión del gato de Schrödinger se tratara.

Así las cosas, los ciudadanos que no pertenecemos a la elite del poder, solo tenemos la posibilidad de conocer la verdad esperando a ver que ocurre, y los políticos la de meter la pata una y otra vez pues el gato, en esta versión del experimento de Schrödinger, es un colectivo con intereses muy volátiles y, en muchas ocasiones, contradictorios, cuyos mandatos hoy dicen una cosa y mañana la contraria sin problema ninguno, pues por algo son los putos amos de todo y no tienen que rendir cuentas a nadie. De eso, de dar la cara, se encargan los políticos frente a los electores que les hicieron caso y les dieron el acceso al gobierno, que no es, insistamos en ello, lo mismo que el poder verdadero.

La incertidumbre, la angustia y el miedo que esa situación de ignorancia provoca, hace que la ciudadanía se rinda y renuncie a intervenir en el diseño de su futuro, exclamando aquello de que “¡salga el sol por donde quiera!”, aunque la experiencia nos demuestra que, sin enfrentarnos a los designios de esa elite, el sol nunca sale según los intereses de la gente. Sin embargo, para la élite del poder real esa es una situación que les favorece puesto que ayuda a opacar, todavía más, sus oscuros manejos que, lejos de salvar a la patria como suelen argumentar, lo que salvan son sus intereses, como siempre, en detrimento de los nuestros.

Un ejemplo muy completo de esa situación la estamos viviendo entorno al hipotético enfrentamiento entre Rusia y Ucrania, nadie sabe lo que va a pasar, sin embargo, el caudal de información es inagotable. ¿Será el típico manejo de la industria militar norteamericana para vender más armas? ¿Se trata de provocar una crisis en Rusia que permita sustituir el actual sistema en otro más sumiso a los intereses occidentales? ¿Es una manera de debilitar al principal apoyo que podría tener China en su enfrentamiento con los EEUU? ¿Será el gaseoducto que hace a Europa más dependiente de los rusos que de los americanos? Estas y muchas otras preguntas que van sumándose, como siempre que no se dispone de información certera, sí dan lugar a la certeza de que el enfrentamiento entre Ucrania y Rusia es en realidad un enfrentamiento entre Rusia y los EEUU. Aunque esa constatación le da al asunto una perspectiva mas realista, la de que Ucrania se enfrente a Rusia es ridículamente cómica, no ayuda a responder la pregunta fundamental, ¿habrá o no habrá guerra?. Lo mismo te aseguran que es algo inminente como, ¡las mismas fuentes!, anuncian que no hay nada previsto en ese sentido.

Los pueblos, las clases populares de ambos enemigos, son los que ponen los muertos y sufren la miseria a que una guerra da lugar con independencia de que se gane o se pierda y, por lo tanto, el primer enemigo a vencer será esa lógica oposición de la gente a las opciones militares, y la mejor manera de hacerlo es manteniendo el tema los más opaco posible, y no solo por razones estratégicas como suele argumentarse. Seguramente esa es la causa de que las guerras siempre cogen por sorpresa al pueblo: todo es tan normal, hasta que, súbitamente, todo cambia, desde la vida cotidiana hasta la actividad en sus puestos de trabajo. También se suspenden las garantías constitucionales y solo queda la certeza de que cualquier oposición a la guerra será considerada traición y, en consecuencia, duramente castigada. Llegados a ese punto ya es demasiado tarde para hacer nada en contra de la guerra, la presión social, debidamente aleccionada y aterrorizada, se encargará de ello.

Forzando un ejercicio de ingenuidad, es fácil entender que si las clases populares de ambos bandos entrasen en contacto, y sabiéndose carne de cañón en los dos casos, es muy probable que encontrasen alguna manera de evitar la violencia. Manteniendo esa ingenua perspectiva, la pregunta que debiéramos hacernos, puenteando los intereses de la clase dominante, es si, el recurso de la guerra tiene algún sentido mínimamente racional, sabiendo que, en caso de victoria los beneficios solo alcanzarán a un sector muy limitado de la población, mientras que, como siempre, los inconvenientes, muertos y miseria, caerán íntegros sobre las espaldas de la mayoría.

Cabría pensar que esas elites recurren a las navajas con demasiada facilidad, cabría pensar que ese es el caldo de cultivo ideal para sus intereses. Esa élite o clase dominante, tras la victoria de URSS sobre los nazis, decidieron estrangular económicamente a la URSS forzando gastos militares desorbitados a base de provocar un ambiente de guerra latente entre los EEUU y la URSS y, ahora, necesitan mantener ese ambiente para no diluirse en la historia, y seguir obteniendo los descomunales beneficios que proporciona la industria bélica.

La ingenuidad se manifiesta al caer en la cuenta que estamos en un sistema social en que el beneficio privado está considerado por encima del interés colectivo, acaso sea por ahí por donde habría que empezar para acabar con las guerras.


 

jueves, 13 de enero de 2022

PARANOIAS EN LA RED

 

Una amiga me envía uno de esos videos o reportajes que suelen aparecer en las redes sociales, profusamente ilustrados con imágenes exaltando a la rebeldía y a la movilización, tengan o no, esas imágenes, algo que ver con el tema del que se trata. Son llamadas de pretendidos movimientos sociales que se oponen a cualquiera de las insuficientes medidas con que los gobiernos aspiran a controlar la epidemia de COVID. Pretendidos movimientos sociales en cuyas primeras filas vemos a todas las organizaciones de extrema derecha.

El reportaje del que hablo, como la mayoría de los otros sobre este tema, clama por una libertad abstracta, sin objetivo concreto y, en consecuencia, fácilmente manipulable. Parece que no entienden los límites que una situación de alarma social plantea a las libertades individuales. No comprenden que saltarse las mínimas y timoratas medidas antiCOVID que dictan los gobiernos, no es un acto de libertad sino una agresión al cuerpo social, un acto digno de sociópatas. Si, por poner un ejemplo, me niego a vacunarme estoy dificultando el camino para alcanzar cierta inmunidad general a las consecuencias más graves de la pandemia. Será por esa razón que no concretan los objetivos de esa libertad que reclaman, concretarlos significaría evidenciar los réditos políticos que pretenden obtener de la desgracia.

Por otro lado, no les importa insultar a nuestros padres presentando sus falacias, las de esos pretendidos movimientos, como herederas de aquellas luchas, las de nuestros padres, por la mas que razonable y nada abstracta libertad política. Llegan a utilizar imágenes del desembarco en Normandía, de Gandhi, de Martin Luther King, del derribo del muro de Berlín… Iconos todos ellos de luchas con objetivos bien definidos, que nada tienen que ver con las folclóricas algaradas de esos pretendidos movimientos sociales. Cuando se reivindica la libertad como un objetivo, sin señalar para qué es necesaria, se está ocultado el uso que se piensa hacer con esa libertad. Es como hablar de los encantos del viaje para ocultar su destino. Ese tipo de artículos o reportajes nunca aportan alternativas que den solidez a la protesta y dejen entrever qué uso se dará a esa libertad. Alternativas que señalen alguna vía para superar la tremenda realidad de cientos de miles de personas muriendo a causa del COVID.

Semejantes proclamas son una invitación a confundir el tocino con la velocidad y, evidentemente, encaminadas a fomentar desinformación, malestar, incertidumbre y miedo, un caldo de cultivo ideal para el fanatismo irreflexivo que permite manejar a la gente como si de un rebaño se tratara. La historia nos da ejemplos de las terroríficas consecuencias de inyectar socialmente miedo sin señalar y combatir las verdaderas causas. El factor común a todos esos episodios es que han sido difundidas por las clases dominantes y que, una vez han conseguido que el pueblo los secunde, han utilizado ese estado de malestar, provocado por ellos mismos, para emprender tremendas guerras sacrificando sin ningún reparo, las vidas del pueblo que les creyó.

Apoyándose en las distópias descritas en el cine, los cómics, los juegos informatizados y la literatura, tan machaconamente divulgadas por nuestros medios de difusión, el artículo nos amenaza, si no le hacemos caso, con un mundo de miserias, individualismo y violencia. Como si esa no fuera la exacta descripción de la actual sociedad capitalista, como si los contenidos de la novela de Orwell “1984” no estuvieran implementados desde hace ya mucho tiempo. Pero, sin empacho ninguno, en ese mismo artículo nos invitan encarecidamente a conservar lo que denominan “nuestras libertades”. Al igual que anteriormente hicieran con el uso de las mascarillas, los confinamientos, las limitaciones al contacto social, las vacunas o cualquier otra disposición para contrarrestar el avance de la epidemia, en la actualidad el punto de mira se centra en un documento conocido como “pasaporte COVID”. Se trata de una medida burocrática que, en teoría, permite establecer, también teóricamente, el nivel de inmunidad del portador del pasaporte, dato fácilmente extraible a partir de los historiales que nos proporcionan en “catsalut.gencat.cat”. Sin embargo, estos pretendidos rebeldes, nos lo presentan como el paso definitivo e irrevocable hacia una realidad social que hace ya tiempo padecemos: el exhaustivo y agobiante control del estado sobre los ciudadanos. ¿Qué información puede aportar el pasaporte COVID que no pueda extraerse de la declaración de hacienda, del expediente médico, de nuestra cuenta corriente o el historial de nuestro móvil?

Nos advierten, estos agoreros del mal fario, que una vez implantado ese totalitarismo tendremos que pedir permiso para todo, pero, ¿no es eso lo que hacemos para atender cualquier necesidad o deseo en todos los momentos de nuestra actualidad? Efectivamente, a nadie se le ocurre emprender cualquier acción sin consultar previamente si el nivel de su cuenta corriente le autoriza. La discriminación en el acceso a locales, servicios, etc, se establece por los precios. El verdadero control, como siempre, es y seguirá siendo el económico. Si pretendemos esquivarlo caerán sobre nosotros toda clase de castigos. Nuestro actual sistema económico, del que derivan el cultural y el judicial, perdona antes a un asesino en serie que al desgraciado ladrón de una gallina.

¿Qué clase de gente está interesada en esos mensajes tan falaces? Es evidente que para contestar esta pregunta es necesario buscar a quien saca beneficio de la situación. A poco que indaguemos y por humildes que sean nuestras herramientas, aparecerán las grandes empresas farmacéuticas que son una de los principales fuentes del poder económico de la burguesía. Sin embargo, estas poderosas industrias, en vez de aunar esfuerzos para erradicar semejante maldición, se enredan en una encarnizada pelea por sacar el mayor beneficio de la desgracia ajena.

Cabría suponer que las necias movilizaciones de las que hablamos están pensadas para que la gente se pierda en paranoias futuristas, en vez de atacar a las verdaderas causas de lo que está ocurriendo. Efectivamente urge la movilización y la rebeldía contra las injusticias, pero contra las actuales y reales. Injusticia es que millones de personas no tengan acceso a vacunas y tratamientos adecuados. Injusticia es que la administración no aumente las dotaciones humanas y técnicas, sobrecargando de trabajo al personal sanitario y estirando hasta lo imprudente las listas de espera…

El video de marras puede visualizarse en https://www.youtube.com/watch?v=A7CMWjexJow

Fuente: Google


lunes, 6 de diciembre de 2021

¿CHURCHILL contra STALIN?

 Churchill fue un imperialista. Era producto del Imperio Británico, pertenecía a su clase dominante y dedicó su vida a defenderlo contra cualquier amenaza. Un imperialista es quien otorga a una nación el derecho a dominar bajo sus intereses al resto de naciones.

Una nación es una porción de territorio controlado por una o un limitado número de familias que son los dueños de los medios de producción y, en consecuencia, de toda la riqueza que se produzca en esa porción de territorio.

Las naciones están organizadas de forma piramidal, en la cumbre están esas familias o clase dominante, y en la base la mayoría de la población que vende su fuerza de trabajo a cambio de un ínfimo bienestar. Los escalones intermedios están ocupados por capas de la población cuyo bienestar depende de la más o menos utilidad que sus servicios tienen para sostener los privilegios de la cúpula.

Hoy en día, un imperio consiste en que la clase dominante de la nación dominada, o colonia, se ve obligada a organizar la producción de su riqueza según los intereses de la metrópoli, o nación dominante.

En última instancia, tanto la estructura imperial como la pirámide social se cimientan en la superioridad de los medios violentos en manos de las élites de la nación dominante.

A la hora de repartir la riqueza el esquema utilizado es el propio eje del capitalismo y que se conoce como propiedad privada, es decir, tanto posees, tanto te llevas. Esa posesión es cedida o vendida por las élites a las familias que le son fieles, para su libre y exclusivo disfrute, siempre que no se utilice contra la propia élite, o bien esta los necesite para la defensa de su dominio.

El imperialismo viene a ser una manera de capitalismo global, cuyo eje básico sigue siendo la propiedad privada. Se entiende así que la amenaza fundamental para el imperio británico fuera la abolición de la propiedad privada como postula el comunismo, y no la existencia de otros imperios como el alemán que en lo esencial, eran idénticos: ambos reclamaban su derecho a someter a otras naciones en base a una supuesta superioridad racial. Igualmente se entiende así que Churchill fuera un furibundo anticomunista.

Planteadas las cosas de esta manera, la alianza lógica en la IIGM, tal como los nazis postulaban, era una alianza entre el occidente capitalista contra los salvajes eslavos que se atrevían a poner en duda la sacrosanta propiedad privada. Sí esta alianza hubiera existido, aunque solo fuera secretamente, tendría su antecedente en la intervención de catorce países en apoyo del ejercito blanco o antibolchevique, y explicaría el extraordinario aporte de capital al partido de Hitler por parte de grandes corporaciones capitalistas, la ceguera de occidente frente a las repetidas violaciones del Tratado de Versalles por parte de Alemania. Así como la tecnología norteamericana en armas nazis, el entreguismo del ejercito francés o, en general, la facilidad del avance alemán.

Es decir, el verdadero enemigo de Churchill no sería Hitler, sino Stalin. Hitler y toda su cohorte de psicópatas serían el siniestro y atroz artefacto ideado por el “bulldog británico” y financiado por las elites capitalistas para desmontar la URSS.

Semejante argumento dejaría claro que a las distintas elites, asociadas en esa hipotética alianza, no les tembló el pulso al poner en marcha un mecanismo que le costaría la vida a más de sesenta millones de personas. No les importó sumir a varias generaciones en el mayor horror que ha sufrido la humanidad intentando, a la desesperada, mantener los privilegios de una clase sobre las otras, de unas naciones sobre otras, de unas etnias sobre otras.

Semejante argumento mostraría que la batalla de Stalingrado no sólo fue el punto de inflexión en la guerra, además, evidenció que no es lo mismo enfrentarse, en su permanente guerra imperialista, a pueblos mal armados y sin una estructura estatal sólida, que enfrentarse a un estado avanzado cuya población, sólidamente estructurada en soviets, se siente dueña y protagonista de su destino. También supuso una inflexión en la forma de tratar al socialismo por parte de los capitalistas, ya no se trataba de un experimento utópico, sino de un sistema capaz de responder a la más terrorífica herramienta de matar ideada por el capitalismo: el III Reich. Ya no se oirían más bravatas anticomunistas del ”Carnicero de Galípoli” quien se declaró admirador de Mussolini por haber eliminado a los comunistas de Italia.

La reunión de Yalta ya no sería una conferencia de paz, sino la capitulación del capitalismo al verse obligado a pactar el reparto de Europa con quien, siempre según este argumento, habría sido su verdadero enemigo

Semejante argumento daría lugar a una película de lo ocurrido en la IIGM con muchas menos incógnitas que los retorcidos relatos que Hollywood acaba imponiendo y que nos presentan, durante esa guerra, al ejercito USA como el gran liberador del fascismo en el mundo. Afirmación que puede ser cierta en el Pacífico pero que resulta más que dudosa en Europa, y sin que ello suponga la mas mínima dejación del sincero homenaje a los compañeros norteamericanos sacrificados en los campos europeos. Dejación que sí cometen los relatos hollywoodenses con respecto a los heroicos compañeros del Ejercito Rojo, verdaderos liberadores del nazismo en Europa.



 

lunes, 23 de agosto de 2021

LA DICTADURA DEL PROLETARIADO

Si hay algo que invariablemente les pone los pelos como escarpias a los burgueses es que les menciones la dictadura del proletariado. Como si la dictadura burguesa, la del dinero, la de los bancos, la del FMI, la de las grandes empresas, fuera moco de pavo. Ponen cara de horror porque el solo termino dictadura implica violencia, como si uno de los pilares básicos del estado burgués no fuera la represión organizada en ejércitos y policías de todo tipo. Con el agravante de que si bien la dictadura del proletariado se anuncia como una etapa transitoria, la dictadura burguesa es definitiva si se quiere sostener un sistema basado en la plusvalía.

Olvidando el cómo llegaron ellos al poder, los burgueses siempre están cantando las excelencias de la no violencia y las luchas pacíficas, sin embargo, cuando perciben una amenaza seria a su dictadura, recurren sin problema ninguno al fascismo, que consiste en seguir explotando a los trabajadores, pero con pistolas en la mano.

La verdadera amenaza para la sociedad burguesa es la perdida de beneficio o plusvalía que fue la razón de su nacimiento, ha sido el camino hacia el poder, y es la garantía de su permanencia. No es de extrañar que, cuando se trata de superar la sociedad burguesa, el primer objetivo sea eliminar la plusvalía. Punto en que los burgueses recurren a la violencia más extrema y el proletariado, en defensa del poder recién conseguido, impone su propia dictadura.

Parece ser que si repasamos la historia, los cambios del paradigma social siempre han sido violentos, tiene lógica, primero, porque los beneficiarios del sistema social que se pretende superar intentarán por todos los medios impedir un cambio que signifique la perdida de sus privilegios, y segundo, porque la población en general, alienada entorno a las doctrinas del régimen anterior, presentará resistencia a cambiar los hábitos y costumbres incompatibles con el nuevo paradigma. Por señalar ejemplos podríamos mencionar el uso irresponsable de los recursos naturales que nos impone “el mercado”, o el exacerbado individualismo que el viejo sistema cultural nos ha impuesto como el único natural y humanamente viable.

Cuando los burgueses sienten amenazados sus intereses, son capaces de recurrir a las violencias más brutales como provocar la II Guerra Mundial, financiando el partido nazi para evitar la revolución en Alemania, y permitiendo la reconstrucción y rearme del ejercito alemán para acabar con la URSS. Todo ello sin que les importara lo más mínimo los millones de muertos y los demenciales sufrimientos que infligieron a las poblaciones civiles y a los que ellos llamaban etnias inferiores, hasta que en Stalingrado comprendieron que les estaba saliendo el tiro por la culata.

Es esa crueldad implícita en el propio concepto de beneficio la que hace inevitable la lógica de la violencia cuando nos enfrentamos a la burguesía. Sin embargo, esa misma lógica ya no es tan evidente cuando se trata de corregir la cultura, sobre todo si nos desembarazamos de la máxima burguesa, pedagógicamente nociva, respecto a que “la letra con sangre entra”. Para conseguir verdaderos cambios culturales se necesita pedagogía y paciencia. Pedagogía que nos permita encontrar el método o trayecto de aprendizaje más adecuado y paciencia para incorporar las reacciones al método que se aplica.

En el caso de la religión, de la identidad sexual o de la responsabilidad social, por poner ejemplos, servirá de poco establecer nuevos códigos y asociarles un sistema de sanciones para garantizar su cumplimiento que, en definitiva, es una manera de implementar la máxima de la letra y la sangre. Sin la correspondiente acción pedagógica los nuevos códigos se acatarán por miedo al castigo, pero no porque se comprenda su necesidad. Esta situación generará una deriva autoritaria en las relaciones del ciudadano con la administración abriendo grietas que, inmediatamente, la reacción utilizará para introducir las cuñas que acabarán por desbaratar el nuevo paradigma.

Los viejas costumbres solo se abandonan cuando el contexto en que se generaron desaparece y su justificación no se corresponde con la realidad. Como ejemplo tenemos la que era una costumbre tan arraigada como que la mujer llegase virgen al matrimonio y que en la actualidad, en sociedades industrializadas, no se suele respetar. En una sociedad machista, donde la mujer es la depositaria de todas las maldades, esa, la de su himen intacto, es la única prueba creíble de su honradez que el hombre admitía. Sin embargo, conforme la lucha de las mujeres ha ido imponiendo respeto y reconocimiento para su género, los hombres van entendiendo que ni la integridad fisiológica, ni la exclusividad sexual tienen nada que ver con el amor, y con esa misma progresión desaparece la costumbre de exigir virginidad a la novia.

Ningún cambio de paradigma económico y social, ninguna revolución, puede decirse que ha tenido éxito hasta que la vieja cultura impuesta por el viejo sistema económico, no se sustituya por un modelo no impuesto y constantemente actualizado por la praxis de los propios ciudadanos. Será difícil o imposible que un modelo semejante pueda ser el fruto de algo que se estructura como una dictadura. Es evidente que la Dictadura del Proletariado no sirve por si misma para modificar los parámetros culturales que quedan obsoletos y son contrarios al progreso. En este sentido si observamos a los burgueses, su dictadura es básicamente económica, saben muy bien que la cultura ya se preocupará ella misma de acoplarse al dictado económico por la cuenta que les trae. No es necesario prohibir contenidos contrarios a sus intereses, basta con no darles soporte económico.

Después de todo, la dictadura del proletariado nace con el objetivo de desalojar a la burguesía del poder económico, y ese debe seguir siendo su único cometido una vez ese primer objetivo se haya conseguido: Impedir por todos los medios que los burgueses vuelvan a levantar cabeza en el poder económico y, en esa medida, puedan volver a impregnar la sociedad con las mentiras que justifican la plusvalía.

 


 


 

viernes, 25 de junio de 2021

AUTOLESIONES COLECTIVAS

Podemos encontrar personas, generalmente jóvenes, y hasta muy jóvenes, que frente a desafíos o situaciones difíciles, incapaces de enfrentar el dolor psicológico de manera saludable deciden autolesionarse. Son personas que tienen dificultades para gestionar, expresar o comprender las emociones. Emociones que acaban  manifestándose como sentimientos de inutilidad, soledad, pánico, enojo, culpa, autorechazo, odio a sí mismo, etc.

¿Es extrapolable este fenómeno a grupos sociales? Fijándo a los trabajadores como colectivo y sustituyendo la 'incapacidad de enfrentar el dolor psicológico', por la incapacidad para un mínimo análisis de nuestra situación, es fácil que entre los miembros de ese colectivo, también de forma colectiva, aparezcan sentimientos de frustración e impotencia, marginación, indignación, miedo, rechazo a su propia clase y vergüenza de pertenecer a ella. Y si además, muchos miembros de ese colectivo reaccionan en contra de sus intereses, el 'cuadro clínico´es calcado.

Así se podría explicar porque hay sectores de la clase obrera que votan candidaturas como las de la 'señora' Ayuso en Madrid, sabiendo que les va a hacer daño, que sus vidas se degradarán en favor de los hampones de siempre. Igualmente serían comprensibles esas manifestaciones reclamando libertad para contagiarse del covid-19 o, sin ir más lejos, en nuestro propio terreno, NouBarris, se ha dado un apoyo de casi el 10%, en las últimas elecciones a un partido fascista que promete acabar con todos nuestros derechos. Otro ejemplo serían las consignas que se oyeron frente al Centre de Atenciò Primària de la Zona Nord, donde se podía leer en algunos carteles que el covid mataba y el CAP remataba, sabiendo que el 'CAP' a fin de cuentas, son personas que están trabajando al límite de sus posibilidades, y además, son nuestra única tabla de salvación en esta mareante tormenta de la pandemia. Viéndolo así, y con todas las respetuosas distancias, es evidente que se trata de un fenómeno muy similar al de las autolesiones, solo que en este caso es de forma colectiva.

La reacción de la clase obrera frente a la crisis que aguantamos con nuestras renuncias desde el año 2008, agravada por el actual colapso del sistema sanitario, no es lógica, y resulta tan alarmante como ver a un adolescente haciéndose daño como vía de escape.

Siempre es temerario trasladar patologías individuales a los colectivos de personas. Sin duda, los profesionales verían las dificultades que a los profanos se nos escapan. Sin embargo la gente solemos judgar por lo que se ve a simple vista y en ambos casos las autolesiones, sean individuales o colectivas, son el resultado de una exacerbada percepción de la realidad. En ambos casos sería sobre esa percepción sobre la que, en primer lugar, debiera actuar cualquier manera de tratamiento.

En los casos de pacientes individuales, serán los profesionales adecuados, desde educadores sociales a psicólogos especializados los encargados de aplicar las terapias adecuadas. Una de las más recurridas, en casos de autolesiones, es el procedimiento que consisten en el tutelaje del paciente a través de una serie de etapas, cuyas primeras fases consisten en definir la situación a partir del reconocimiento de los síntomas emocionales y su vínculo con los problemas del paciente. Esto fuerza una toma de conciencia imprescindible para el avance de la terapia.

No seria difícil trasladar esas primeras fases al campo social, cualquiera que intente curar de tan perniciosas prácticas a la clase obrera, tendrá que empezar por ahí, por un análisis la situación actual y nuestra posición en ella. De esa manera podremos desmontar esas percepciones desbocadas de la realidad, al tiempo que tomamos conciencia de nuestra clase, requisito imprescindible si queremos establecer cuales son nuestros intereses reales. Sin embargo, el problema no es el procedimiento, de sobras conocido por cualquier militante social, el problema, como suele ocurrir tantísimas veces, es saber quien le pone el cascabel al gato.

Vivimos en un sistema, la tan cacareada democracia burguesa, que exige esfuerzos demenciales para intervenir políticamente. Hay que estructurar organizaciones según patrones legalmente muy estrictos, ganar escaños en el congreso de diputados, y sostener toda la parafernalia politico-publicitaria que mantenga nuestra organización en boca de la gente. Esfuerzos cuyos resultados nunca son los que cabría esperar teniendo presente que los trabajadores somos una inmensa mayoría. Vale la pena, en este punto, preguntarse si toda esa energía gastada peleando en campo contrario y con un reglamento impuesto por el contrincante, no daría mucho mejores resultados aplicada a ponerle el cascabel al gato, es decir, a estimular esa toma de conciencia colectiva tan necesaria para evitar autolesionarse.

Cabría añadir a lo dicho que no se trata de fomentar la falta de fe en la democracia y el abstencionismo consecuente, es necesario seguir votando y conseguir el máximo de escaños, aunque solo sea para evitar que esa mínima parcela de poder que significa un asiento en el congreso, quede en manos de un fascista.