martes, 2 de julio de 2024

CEREBROS INCAPACITADOS

Todos tenemos cerebro y sabemos de los prodigios que ese órgano es capaz de realizar, sin embargo, esos prodigios solo estarán al alcance de quienes hayan ejercitado suficientemente su uso, de la misma manera que subir una cuesta en bicicleta solo está al alcance de quien haya ejercitado suficientemente sus músculos.

A nadie se le ocurre decir que es una estupidez matarse a pedalear cuando hay vehículos que te desplazan sin que tengas que cansarte lo más mínimo. No se nos ocurre tal cosa porque, en primer lugar, te mantiene la musculatura en buena forma y, en segundo lugar, aunque no menos importante, la experiencia del esfuerzo nos proporciona una percepción de nosotros mismo mucho más rica y realista que la comodidad del sofá.

Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que es una tontería ponerse a calcular con lápiz y papel una raíz cuadrada cuando hay calculadoras que te la proporcionan sin necesidad de utilizar el cerebro para nada, lo cual es cierto cuando necesitamos ese valor para el trabajo cotidiano, pero también es cierto que por ese camino acabamos perdiendo esa capacidad. Lo mismo ocurre con tantas otras habilidades en que una máquina nos suple ahorrándonos esfuerzo. Es decir, al igual que ocurre con la musculatura, ejercitar el cerebro es la única manera de mantenerlo ágil.

La palabra escrita es un código que debemos interpretar para obtener la imagen asociada. Una imagen no necesita reflexión ninguna. Efectivamente transmite la información que contiene de forma inmediata, y sin las posibles ambigüedades a que nuestra interpretación puede dar lugar.

Cuando leemos una novela, el autor nos proporciona una serie de descripciones que por precisas que sean, requieren de un esfuerzo de la imaginación para “verlas” en nuestra cabeza, no es así cuando visualizamos una película en la que un director habrá previsto hasta el más pequeño detalle, orientando nuestra imaginación en un único sentido.

La lectura permite que seamos nosotros quien determinemos el ritmo de asimilación, mientras que en una película te lo imponen. Claramente, mientras leemos, nuestro cerebro permanece activo, en tanto que frente a una narración visual la mayoría mantenemos la mente en un cómodo “by pass”, y solo cuando la hemos terminado de ver intentamos alguna valoración.

Tiempo atrás lo visual se limitaba al cinematógrafo y a la pantalla del televisor, de manera que el resto de actividades, fueran recreativas o de trabajo, nos obligaban a utilizar el cerebro. Son los distintos formatos de computadoras, pero sobre todo los llamados teléfonos inteligentes, los que nos abocan a un entorno totalmente dirigido. La portabilidad de estos dispositivos infiltran la deshilachada cultura de lo visual hasta en situaciones de obligado recogimiento, como puede ser un viaje en metro o la espera de turno en cualquier oficina. Así mismo, la interactibidad y el registro de sus afinidades le proporcionan al usuario, por un lado, la inmediatez de una pretendida satisfacción y, por otro, la falsa sensación de estar acompañados, todo ello con el mínimo esfuerzo de poner el dedo en un sector de la pantalla o en otro.

En definitiva, y a una velocidad que se acerca al vértigo, nos vemos empujados a una sociedad en que, gracias a la tecnología, todo es más fácil y rápido, o eso pregonan. No obstante, cabe preguntarse por las consecuencias de esa inmersión electrónica. Si paramos la atención el los mensajes de las redes sociales, cada vez hay menos texto y más monigotes asociados a contenidos concretos, lo cual, aparte de ser una especie de involución a las primitivas escrituras jeroglíficas, es la evidencia de una pereza mental que nos impide expresarnos con mensajes explícitos o, quizás, es que que ya no sabemos expresarnos, por las mismas razones que no somos capaces de resolver una raíz cuadrada. De hecho, toda la avalancha electrónica parece una insistente invitación a dejar de utilizar el cerebro, lo cual, como ocurre con cualquier órgano, lo inutiliza, lo deshabilita para la reflexión personal, lo impregna de ingenuidad y la desconfianza consecuente, nos convierte en incapacitados cerebrales, situación de la que huimos buscando discursos elementales y dogmáticos que, tal y como una calculadora nos libera del esfuerzo de calcular, nos descarguen del esfuerzo de reflexionar.

Abundan, cada vez más, opinadores que utilizan los recursos que proporciona Internet para divulgar las cantinelas típicas de las derechas, a pesar de que, en la mayoría de los casos, se hace evidente que no tienen ni idea de lo que están diciendo. No obstante, estos personajes se esfuerzan en dar una imagen lo más estrambótica posible: nombres provocadores, gorras de béisbol puestas al revés, pajaritas, tirantes, camisas floreadas, lentes estrambóticas, barbas muy dibujadas, cortes de pelo a lo nazi, exagerada proliferación de tatuajes, etc. Está claro que más allá de lo que dicen, buscan la atención bobalicona de gente que, sin entender ni importarle el contenido, se sienten identificados con el aspecto palurdo y vacilón del opinador, y pulsan sobre un puño con el pulgar apuntando arriba, que es precisamente lo que busca el opinador pues, al parecer, ese es el primer paso para conseguir dinero con esa actividad.

En la medida de lo dicho y dada la abundancia, sobre todo entre la gente joven, de cerebros sin la capacidad de reflexionar, no es de extrañar que cualquier enajenado con aspiraciones de dictador justiciero, se dirija a los incapacitados cerebrales de que hablamos y consiga sacar adelante una candidatura con cerca de ochocientos mil votos.







martes, 4 de junio de 2024

MUJERES Y LUCHA DE CLASES

 

Conviene aclarar lo que se entiende para ciertos conceptos utilizados en el siguiente texto. La riqueza es el producto del trabajo. La burguesía son una minoría de personas que han encontrado la manera de apropiarse de la mayor parte de la riqueza producida. El proletariado son el resto de personas que sobreviven con la paupérrima parte restante. El resultado son dos clases de personas, las que viven, con escasez, de su trabajo y las que viven, con opulencia, del trabajo ajeno. Lógicamente, el proletariado se enfrenta a la burguesía para obtener el control sobre la riqueza, a ese enfrentamiento se le conoce como lucha de clases.

La violencia es parte intrínseca de la cultura humana. Cabría entenderla como la acción contra lo “natural”. Cuando te lías a hachazos con un árbol, le desgajas una buena rama y construyes una mesa, estás ejerciendo violencia sobre el transcurso natural de la rama. Cuando obligamos a un niño a que abandone su natural tendencia al juego y le obligamos a que aprenda el abecedario, estamos ejerciendo violencia. Incluso, cuando nos obligamos a saltar de la cama, estamos ejerciendo violencia contra el placentero estado de reposo natural. Pero es que necesitamos una mesa, aprender las letras y activarnos por la mañana para conseguir las cosas. Desde el punto de vista de la evolución parece obvio que sin la capacidad de violencia no hubiéramos llegado ni a reptiles.

Un mundo sin violencia, el ideal del budismo o de los pacifistas integrales, equivaldría a un mundo donde las cosas se obtendrían por arte de magia, es decir, algo semejante a un paraíso. No obstante, la evolución social se esfuerza en erradicar los procesos violentos, un maestro de escuela de hace cien años, no dudaba en utilizar el guantazo como herramienta pedagógica, mientras que en la actualidad cualquier maestro sabe que hay medios mucho mas eficaces y mucho menos violentos de conseguir los mismos objetivos. Todo parece indicar que el progreso, la civilización, es inversamente proporcional al nivel de violencia empleado. Al propio tiempo, esta conclusión plantea la duda sobre el nivel de civilización de un modelo de estado tan violento como el que construye la burguesía, se diría que no han llegado mucho más allá de los Hititas.

Tradicionalmente la violencia se asocia a los hombres. Sin embargo, las mujeres difícilmente podrían cumplir su cometido sin violentar el transcurso natural de las cosas, lo que nos hace pensar que las mujeres, como seres humanos que son, tienen idéntica capacidad de violencia que los hombres. Prueba de ello es que a lo largo de la historia, también en la actualidad, encontramos verdaderos y poderosos ejércitos de mujeres. Todo lo cual deja en entredicho la dudosa debilidad que se les atribuye y en el ridículo la pretendida división entre fuertes y débiles. Los hombres son el sexo fuerte, suele decirse, ocultando que la fortaleza o debilidad depende mucho más de los medios a tu alcance que de la constitución física. Lo cierto es que, apoyándose en la falacia de que son el sexo débil, la valoración social de las mujeres, a pesar de las muchas leyes que se implementan, es inferior a la de los hombres, lo que resulta una injusticia, una de las principales entre las que fundamentan la sociedad burguesa.

La lucha proletaria proporciona un primer paso para destapar, entre otras muchas estafas, la explotación que padecen las mujeres y que se impone disfrazada de imperativos biológicos y sentimentales como, por ejemplo, la monogamia. El propio Lenin en una entrevista realizada por Clara Zetkin así lo afirma. “El viejo mundo de sentimientos y de ideas comienza a vacilar. Los antiguos vínculos sociales se aflojan y se rompen, descubriéndose atisbos de nuevas relaciones y actitudes humanas ...”

La característica fundamental del proletariado es que genera plusvalía, es decir no reciben lo correspondiente a lo que han aportado. Siendo especialmente grave en el caso de las mujeres, que a cambio de producir, seres humanos, tan solo reciben, en el mejor de los casos, mucho cariño y mucho amor, que ni se come, ni se compra, ni se vende. Al igual que la inmensa mayoría de la población, la inmensa mayoría de la mujeres pertenecen a la clase proletaria, pues todo su fundamental aporte a la riqueza de la sociedad se convierte en plusvalía, es decir, en beneficio para el burgués.

Suele hablarse de las mujeres como de una clase compacta sometida a la explotación de los hombres, sin embargo esa es una apreciación poco realista, las mujeres de la burguesía no producen plusvalía, muy al contrario, viven regaladamente de ella. Incluso, hoy en día, las mujeres burguesas, hasta pueden eludir el mandato biológico de la gestación pagando para que sean otros cuerpos los que sufran el deterioro y sufrimiento anexo a un embarazo. De la misma manera que en la lucha de los campesinos no caben los intereses de los terratenientes, colocar en el mismo caldero la pelea de una burguesa por escalar en la cadena de poder, y la lucha de las compañeras por sus derechos, significa neutralizar todo el potencial transformador del movimiento feminista.

Lo habitual es que se hable de dos fuentes de riqueza básicas en las naciones, la industrial y la agraria, ignorando la más básica de todas, el sistema de reproducción, entendiendo como tal, no solo la gestación, sino toda la infraestructura doméstica necesaria para que el hijo se incorpore a la producción. Este error da lugar a que muchas organizaciones proletarias consideren los problemas de la mujer como algo que se resolverá cuando los medios de producción estén en manos de los obreros. Lo cual no es cierto, salvo que las feministas presionen y se hagan fuertes en la vanguardia de la lucha de clases, es decir, en los comités centrales de esas organizaciones.

Una de las consignas más recurridas por las feministas es que sin mujeres no hay revolución. En consonancia con esa obviedad, las organizaciones que suelen abanderar la causa proletaria en la lucha de clases, no dudan en apoyar las movilizaciones feministas. Sin embargo esas organizaciones no solo han de prestar apoyo, deben incorporar a su eje programático las reivindicaciones de las mujeres, adoptando para esa causa la misma actitud vigilante y en la vanguardia, que adoptan con las causas del mundo obrero, lo que significa adoptar el feminismo como frente definitorio al mismo nivel que el frente fabril o el campesino.

Paralelamente, el movimiento feminista debiera afinar en las características de lo que significa la lucha por la liberación de la mujer. En ese sentido, el que una mujer llegue a presidir un banco o a primera ministra, no parece ser un paso significativo en esa lucha, sin embargo, el que una mujer logre que se le pague como a un hombre por el mismo trabajo o que se retribuyan las responsabilidades domésticas, si serían avances de gran calado.





domingo, 28 de abril de 2024

LA ÉLITE



El relato más extendido del porqué estalló la 1ª G. M. es que un nacionalista serbio le pegó un tiro al heredero del imperio austrohúngaro. Aunque, dada la chulería que se gastaban las noblezas y teniendo presente que no eran ellos los que iban a morir, es muy creíble que por algo así se liaran a cañonazos, lo que cuesta es creer que las cosas llegaran donde llegaron con Alemania y la Gran Bretaña como principales abanderados de uno y otro lado del enfrentamiento.

Lo cierto es que el Reino Unido durante todo el S. XIX era el dueño absoluto de la producción industrial, pero la fundación de Alemania supuso una grave competencia paraII la hegemonía británica. Adicionalmente y puesto que no hay potencia industrial sin una holgada fuente de materias primas, la competencia también se estableció por el dominio de colonias que las garantizasen. Estas serían las verdaderas causas del conflicto.

Sin embargo, para una comprensión completa de las causas del conflicto tendríamos que hablar de familias, entorno a cuyos intereses se estructuran las naciones y no a la inversa como suelen narrarnos, adornando el tema con exaltaciones nacionalistas que, aprovechando la necesidad de pertenencia con que se manifiesta el natural gregario de nuestra especie, garanticen que el pueblo vasallo esté dispuesto a morir defendiendo la nación, es decir, los intereses de esas familias.

La denominada “Gran Guerra” dejó muy claro a las burguesías o familias dominantes, la imposibilidad de una hegemonía absoluta al estilo de la inglesa durante el S. XIX, sumiendo al sistema económico capitalista en una inseguridad sin precedentes. Pero fue la revolución Rusa, como verificación de que un mundo sin esas burguesías es posible, lo que les puso los pelos de punta y, presas del pánico, alentaron y financiaron a unos cuantos psicópatas alemanes, seguidores de Mussolini que, como este, prometían acabar con los socialistas de cualquier pelaje sobre la faz de la tierra. A esa demencial cruzada antisocialista la denominan 2ª G.M.

Lo que no esperaban es que los revolucionarios pudieran desplegar un estado coherente y capaz de desarrollar un sistema de producción que fabricaba tanques y aviones en tal cantidad y calidad que acabó pateando el monstruoso intento, por parte de las potencias burguesas, de destruir la incipiente materialización de lo que ellos consideraban una utopía, es decir, un estado sin el cruel dominio de los capitalistas.

Así las cosas, no les quedó más remedio que admitir alternativas a su poder e, intentando simular los derechos que el socialismo garantiza a los ciudadanos, inventaron por un lado la “sociedad del bienestar” y por otro el ”Mundo Libre” como denominación para el conjunto de países que acataban sus directrices, y tras el que pudieran camuflase para continuar con sus criminales trapicheos.

Paralelamente, y en consonancia con su liberalismo, pusieron en marcha un proceso de “descolonización” que consistía en sustituir a los gobernadores y fuerzas imperiales por gobiernos títeres que si no hacían lo que les mandaban, los hundían promoviendo y subvencionando golpes de estado o guerras artificiales.

Las consignas para uso común también cambiaron, ahora sus vasallos no se dejaran matar por una nación sino por la “Libertad”, sin siquiera tener claro si esa libertad se refiere también a lo personal o solo al mercado. Inmediatamente, el primer objetivo que se plantearon fue imponer su cultura monetarista. Esta consiste en que nada escape al control del dinero, de manera que, siendo ellos, esas élites, las que manejan la ingeniería financiera, nada escape a su control. El invento les ha funcionado hasta que el nuevo sistema colonial ha empezado a desmoronarse, dejando al pretendido sistema de “libre mercado” mostrando, entre andrajos, los alambres del monigote. Y en esas estamos.

Hoy en día para denominar al conjunto de familias económicas que, empezando por Europa, acabaron dominando el mundo, se suele utilizar el término “élite”. Su uso ha ido creciendo en paralelo con el de “globalización”. Podría entenderse que, dada la evolución social y técnica en la que estamos inmersos contraria a sus intereses, las viejas burguesías nacionales hubieran decidido globalizar, además del sistema defensivo que ya lo está desde el final de la 2ª G.M, un sistema común de represión económica sobre los países díscolos.

El requisito básico para ser considerado del mundo libre es la “separación de poderes” y, como mínimo, la elección universal y periódica del “poder legislativo”. Sin embargo, en ningún caso la élite es fruto de plebiscito alguno, es más, hay quien sostiene que son los mismos desde que los patricios romanos huyeron a Venecia. Es lógico, ellos no son una propuesta o una alternativa, son los que pagan, es decir, los amos de la riqueza y esta no se obtiene de elecciones, derechos, libertades y demás zarandajas, es, según las élites, fruto de la “la libre competencia, la libre iniciativa y la propiedad privada”. El suyo, parecen afirmar, es otro mundo y tienen mucha razón, efectivamente se trata de otro mundo que, como aquellos cuya riqueza se basaba en la esclavitud o el servilismo, debe desaparecer para que la sociedad continúe avanzando.

Por poco que intentemos resumir la situación actual, nos encontramos con un número creciente de países que se niegan a obedecer las normas de la élite y siguen sus propios caminos hacia el progreso. Para ello lo primero que hacen es crear un estado fuerte, capaz de orquestar ese progreso, algo que se opone frontalmente a la élite que necesita estados débiles a los que pueda manejar según sus intereses.

Resumiendo todavía más, se trata de más recursos que hagan fuerte la estructura estatal o más desorden en el que la élite siga campando a sus anchas, es decir, llevándose la mayor parte de esos recursos.





jueves, 14 de septiembre de 2023

EL CUENTO DE LAS PATATAS

 

Es fácil toparse con listados de naciones clasificadas por su riqueza. Si en uno de esos actos de ingenuidad, en los que solemos caer los legos en casi todo, intentamos entender los criterios con los que han sido elaborados, acabamos en la curiosa conclusión de que los economistas viven en otro mundo, uno de esos otros mundos pero que están en este.

Es un mundo, el de los economistas, en el que una nación donde cientos de miles de personas pernoctan en las calles, en que un alto porcentaje de la población no tiene cobertura sanitaria alguna, está clasificada como la más rica. Un mundo en el que las naciones verdaderamente más ricas, pues son las que disponen de las materias primas, son las peor clasificadas.

Resulta que, dicho con las mínimas palabras, esos criterios se basan en calcular la riqueza neta de un país y luego dividirla entre la población... le llaman “renta per cápita”. Aplicando esa lógica, seria posible hacer la siguiente y desquiciada pregunta: sí yo tengo diez euros y mi vecino cien, ¿se puede decir que yo dispongo de cincuenta y cinco euros? Sin embargo, la realidad que observamos es mucho más desquiciada , es decir, cuentan las patatas que hay en la cesta, las dividen entre la gente que ha participado en conseguirlas, y nos aseguran que somos tanto así de ricos, pero el dueño se lleva las patatas porque el cesto es suyo y el resto se queda con un palmo de narices, y como pago a su participación, un par de patatas de las desechadas para la cesta. A la gente de a pie lo único que nos indica la “renta per cápita” es lo ricos que pueden llegar a ser los ricos.

En ese otro mundo paralelo está claro que un país rico es el que proporciona buenas condiciones para los negocios, mientras que en el mundo de la gente corriente, un país rico es el que proporciona condiciones de prosperidad a toda la población. Un país donde, aun y a pesar de tener trabajo, hay gente que se ve obligada a vivir en la calle, por más altos que sean los beneficios de sus empresas o buenos sean los resultados en la bolsa, no se puede considerar rico.

Ni siquiera el concepto de país es el mismo. Para los que tenemos que ir a trabajar cada mañana, el país es un colectivo de gente que se esfuerza en mejorar sus niveles de bienestar, empleando su propio esfuerzo y para cuyo funcionamiento solo es necesaria la solidaridad colectiva. Pero, en el universo de los economistas, un país es la parcela o parte del territorio propiedad de determinadas “élites” donde proyectan sus negocios y guardan los beneficios, y para cuyo funcionamiento es necesario que la población renuncie al control de sus propios esfuerzos.

Si de lo que se trata es de comprender la realidad en que vivimos y, a partir de ahí establecer la estrategia y las tácticas adecuadas para conseguir un mundo sostenible, es evidente que las herramientas que nos proporcionan no sirven, sencillamente, porque son de otro mundo.

Hay organismos que establecen los “umbrales de la pobreza”, se trata de calcular la cantidad de gente cuyos ingresos están por debajo del 60% de los ingresos medios de toda la población. Algo así solo sirve, como mucho, para hacer rimbombantes discursos. El tipo de soluciones que ofrecen se limitan en tapar los agujeros. Sin embargo, no es tapando agujeros como se consolida un país, lo necesario es construir de manera que esas fallas no se produzcan. Más interesante resultaría calcular el “umbral de la riqueza”, se trataría de establecer la linea a partir de la cual nuestro trabajo sí es riqueza, una línea por debajo de la cual ni siquiera es posible hablar de naciones o países consolidados sino de territorios controlados por unas pocas familias económicas. Es muy difícil consolidar un país, donde la gente se sienta segura, mientras una parte del colectivo no puede o tiene dificultades para llevar una existencia digna.

Podemos hablar de riqueza cuando el cien por cien de la población dispone de alojamiento, asistencia sanitaria, educación y empleo en condiciones dignas, y puesto que cien entre cien es igual a uno, podríamos hablar de una nación rica si cada uno de los cuatro ítems mencionados diera uno y por lo tanto su calificación fuera de cuatro. Hasta no alcanzar ese “umbral de la riqueza”, todo la economía y los economistas, debieran girar entorno al objetivo de obtener esa calificación.

Dependiendo de la percepción de riqueza que tengamos, orientaremos nuestros esfuerzos hacia unos derroteros u otros Sí estoy convencido que mi país es rico, mi incidencia social, sea del tipo que sea, será conservadora, de apoyo al actual estado de cosas. Sin embargo, si por razones evidentes, mi convencimiento es el contrario, mi empeño será progresista, estimulando el cambio. De ahí el ahínco que ponen los que controlan la economía en convencernos que vivimos en un país rico. De imponernos sus métodos que resultaran útiles para sus negocios, pero que resultan completamente falaces para la gente de la calle.

Se puede argüir que las leyes ya contemplan métodos de redistribución de la riqueza, y es posible que así sea, pero todos sabemos que, cuando menos, las dotaciones económicas que las pueden hacer realidad son claramente insuficientes y están sometidas a toda clase de corruptelas y privatizaciones. Es decir, resulta evidente la necesidad de aumentar los impuestos a los beneficios hasta que se cubran esas necesidades para toda la población. Conclusión exactamente contraria a la que se llega, si nuestro análisis parte de que el objetivo es el máximo beneficio y utilizamos los baremos planteados por los economistas.

No obstante, para que la presión social sea capaz de forzar el incremento del gasto social y se acabe con la corrupción, será preciso que la gente asuma ese “umbral de la riqueza” como algo ineludible, y, de la misma manera que nos indignaría ver a niños trabajando, nos indignemos cuando veamos a personas realizando trabajos de los que alguien sacará un beneficio, pero que a ellos no les dará ni para un alojamiento digno.




domingo, 2 de julio de 2023

DOCE AÑOS DESPUÉS

          Todo el mundo sabe que, a día de hoy, las organizaciones de izquierda están inoperantes.

Todo el mundo sabe que la razón de la inoperancia de las organizaciones de izquierda se debe a que han admitido entrar en el juego de la democracia liberal, aún y a sabiendas de que es un juego donde gana la Banca o se rompe la baraja.

Todo el mundo sabe que el entusiasmo con que las clases trabajadoras apoyan a sus organizaciones se viene abajo cuando estas entran en el juego de la democracia liberal. Lo cual alegra sobremanera a las formaciones de derechas, puesto que es la garantía de que, la izquierda, nunca alcancen la hegemonía en el gobierno porque sus representados, en un acto de lucidez que sus partidos no tienen, se niegan a entrar en el juego y dejan de votar.

Todo el mundo sabe que cuando uno se mete en “camisa de Once Varas” acaba protagonizando vergonzosos espectáculos cómo el que estamos viendo interpretar a los universitarios que abanderaron el ímpetu que las clases populares sacaron a la calle durante el año 2011.

Está claro que aquel clamor exigía un cambio de paradigma, es decir, redactar de nuevo las reglas del juego. Sobre todo las que posibilitan a la Banca ganar sí o sí, y las que permiten destinar miles de millones a sostener instituciones que no sirven para nada. Si nos atenemos a lo que estamos viendo, aquella montaña de indignación solo parió un ratoncillo con el que, hoy por hoy, el colosal gato del poder mediático se entretiene.

Desde la perspectiva actual es fácil llegar a la conclusión de que se ha malbaratado todo el entusiasmo puesto por la gente, es decir, que esa no era una solución de continuidad para aquel rotundo movimiento. Desde la perspectiva actual, para aquellos que conservaron la fe y fueron a votar, es fácil caer en la desesperanza, argumentando que “... todos los políticos son iguales. Da lo mismo lo que hagamos, no vale la pena.” Visto lo visto se quedan en el sofá y buscan películas, ni siquiera quieren saber qué está pasando, prefieren, como las avestruces, meter la cabeza bajo tierra.


Lo bueno del caso es que, conforme la iniciativa de aglutinar aquel movimiento en una organización que consiguiera tantos votos como indignados tomaba cuerpo, hubo voces que presagiaban lo peor, es decir, lo que está pasando. Pero nadie, o muy pocos, les hicimos caso. Y así nos va. Llegados a este punto, hay que tragarse el marrón, recoger el fracaso, ponerlo encima de la mesa y preguntarse qué ha pasado, cómo ha sido posible que todo quedara en las payasadas que nos muestran los medios.

Habrá que analizar aquella efervescencia con más ahínco, utilizar perspectivas más cortas, más asequibles. Bien pudiera ser que no se tratara de potencia real, sino de simple energía. En el mismo sentido que la electricidad en si misma solo es un fenómeno, como la luz del sol o un caudal de agua o viento. Si queremos sacar algo útil de esos fenómenos, es decir potencia, hay que aplicarles dispositivos específicamente diseñados, como un motor, una bombilla, una rueda hidráulica o las aspas de un molino.

Esta perspectiva explicaría la profunda decepción que sufrimos muchos cuando nos vimos todos juntos, con las ganas y el coraje suficiente, es decir, con toda la energía necesaria, pero sin ningún dispositivo al que aplicarla. No faltaron intentos de poner en marcha alguna forma de vehículo que nos permitiera aprovechar aquel derroche de energía, Pero esas cosas no se hacen de la noche a la mañana, es más, cuando se buscan soluciones rápidas e improvisadas suelen salir “churros”, por utilizar una expresión proletaria.

El único dispositivo que apareció fue una furgoneta volkswagen de los años cincuenta pintada con un arco iris y cargada de alegres, guapos y sesudos universitarios. A la mayoría nos dio la risa y pensamos que no llegarían muy lejos con semejante vehículo y sin embargo, ahí están, en el gobierno. Pero, aún y reconociendo el mérito de llegar hasta ahí, así como ciertos amagos a la izquierda en las leyes promulgadas, cabe preguntarse si era esto, espectáculo incluido, lo que queríamos.

El paradigma que se basa en el máximo beneficio sigue vigente y hasta reforzado. Los bancos siguen sin devolver el dinero público que se les prestó y cobrando hasta por respirar. A la vez que ciertas instituciones siguen con sus pantomimas mientras se embuchacan miles de millones.

La decepción sería una reacción estúpida, en primer lugar porque doce años son un soplo en el tiempo social. Porque, a lo mejor, las cosas que ocurren tienen que ocurrir para que nos las creamos. Pero, sobre todo, porque aquel alarido de indignación no fue inútil. Sin duda llegó donde queríamos que llegara y se asustaron hasta el punto de consentir la presencia en el gobierno de los que quedaron como único resultado tangible de aquellas movilizaciones. Lo cual no es poco sabiendo como se las gasta el tal Once Varas.

Dos cosas parecen haber quedado claras, la primera es que los paradigmas, los modelos sociales no cambian ni con movilizaciones, ni con más o menos votos, y la segunda es que de nada sirve la energía si no contamos con un dispositivo capaz de convertirla en potencia de cambio. Habría que añadir una tercera y es que las ideologías son como los gases, tienden a ocupar todo el volumen social, de tal manera que cualquier abandono por la izquierda es inmediatamente ocupado por la derecha.

A las chicas y chicos del volkswagen hay que decirles que ya nos hemos comido el pescado y volvemos a tener hambre, de manera que, la próxima vez, más vale que nos enseñen a pescar. Hay que decirles que efectivamente necesitamos toda su ciencia, recordarles, de paso, el detalle de que la pagamos nosotros y no precisamente para que salgan bonitos por la tele, sino para que se pongan a nuestro lado y apliquen sus doctorados a la difícil tarea que nos espera: construir ese dispositivo capaz de recoger la indignación y convertirla en avances sociales.




jueves, 4 de mayo de 2023

UN ARMARIO LLAMADO CABEZA

Un armario que básicamente tiene dos cuerpos o compartimentos, el “consciente” y el “inconsciente”, sin que ninguno esté a la derecha o izquierda del otro, ni arriba o abajo, ni antes o después. Los diferenciamos porque el consciente, donde se aloja lo aprendido, es directamente accesible. Mientras que el inconsciente, donde se alojan las huellas de lo no aprendido, no es directamente accesible.

Aprender, entre otras muchas cosas, es tomar conciencia de algo, darle nombre a nuestra experiencia. Si tengo hambre me alimento, si estoy cansado descanso, si no entiendo algo lo estudio, si me aburro inicio alguna actividad. Nuestro sistema nervioso detecta carencias a las que, recurriendo a lo aprendido, es decir al “consciente”, intentamos solucionar. No obstante, la realidad es mucho mayor de lo que podemos aprender, de manera que se abre un enorme espacio donde radican las huellas, sin duda reales, de las experiencias sin nombre. Cuando la carencia detectada procede de esa región no tienen nombre y, en consecuencia, no sabemos de que se trata, no tenemos forma de satisfacerla.

El no poder resolverlas nos produce una angustia que, en algunos casos, puede hacer necesaria la intervención de especialistas capaces de concienciar esas carencias, de manera que el interesado las resuelva. De hecho, esos especialistas trasladan el problema, en ese armario del que hablábamos, del compartimento inconsciente al consciente.

Sin embargo, desde una perspectiva histórica, hasta hace muy poco tiempo, el concepto actual de “inconsciente” ni siquiera existía, de manera que era imposible racionalizar o concienciar, ninguno de sus contenidos. Aún, hoy en día, la inmensa mayoría de la población del planeta, ya sea por razones económicas, culturales o religiosas, no puede, o no quiere, admitir que esa infinitud sea “inconsciente”. No obstante y puesto que esa galaxia que el racionalismo llama el “inconsciente” es innegable, aunque partamos de posturas no racionales, es necesaria una explicación, una razón de ser, para explicar esa realidad que, como la atmósfera, pesa sobre todos nosotros.. Es entonces cuando aparece el concepto “espíritu” o “alma”, como un doble inmortal e inmaterial de nosotros mismos.

Esta manera diferente de plantear el tema, sustituye la pareja consciente e inconsciente por la pareja cuerpo y espíritu. Siendo el cuerpo el compartimiento de todos los sufrimientos y el alma de todas las consecuencias, buenas o malas. Ambas partes son estancas entre si, de manera que el desmesurado volumen de lo espiritual permanece incomprensible en un infinito por el que los humanos deambulamos sin esperanza ni orden alguno, necesitados de un relato que relaje la angustia de sentirse perdidos.

Es entonces cuando aparecen los libros “sagrados” con la descripción “revelada” del universo y su razón de ser. Paralelamente aparecen los sacerdotes que nos guían a través de esos enigmáticos textos que, fruto de una revelación milagrosa al profeta correspondiente, no tienen ninguna base racionalmente creíble y, por lo tanto, la única forma de entenderlos es a partir de la fe en las interpretaciones que el guía o sacerdote de turno nos proporcione. Y la fe, todo y siendo una gran virtud pues nos proporciona la valentía de persistir en nuestros proyectos, no es en absoluto un buen método de hacer consciente o aprender algo. Sencillamente porque la fe no contempla el análisis, que es la base de todo aprendizaje.

Vale la pena comentar una situación tan frecuente como las reuniones entre hermanos ya independizados del cobijo materno, y en las que suele evidenciarse la existencia de esos dos compartimentos en cada uno de nosotros.

Tu hermana o hermano es la persona que caminó junto a ti a lo largo de la infancia y adolescencia, que aprendió a vivir y desear al mismo tiempo que tú. Es el amigo que más tiempo lleva ahí. Tanto es así que si no disponemos de ellos en casa, los buscamos fuera ya sea en el colegio o en la plazoleta donde vamos a jugar. Aunque hayamos crecido y nuestras vidas diverjan, siempre serán nuestros iguales, con los que disputamos inmisericordes cada centímetro cuadrado de nuestro universo. Sin embargo, son típicos los encuentros entre hermanos, que suelen ser alegres eventos que terminan en las mismas trifulcas que cuando éramos niños.

Este fenómeno evidencia muy bien esos dos compartimentos del armario. Es lógico que nos proporcione alegría porque nuestro consciente nos dice que el mundo alegre de nuestra infancia sigue vivo y nos disponemos a disfrutarlo. Sin embargo, al juntar nuestras conciencias donde, como es lógico habremos guardado todo lo positivo, también, ineludiblemente, habremos vuelto a unir las huellas de un inconsciente que, ahora completo, reproduce las condiciones en que desarrollamos nuestro carácter, es decir la competencia feroz que se establece entre los hermanos, cuando eran pequeños, por capturar la atención de los padres, cuya presencia será latente, de la misma manera que lo es la del artista en una exposición retrospectiva de su obra. Así se explicaría la facilidad con que se pasa del cariño a la hostilidad y viceversa, en ese tipo de reuniones filiales, si no se ha conseguido, en un acto de madurez, tomar conciencia de aquellas vivencias,



domingo, 26 de marzo de 2023

NO ES SOLO UN JUEGO

 

El juego suele definirse como un impulso natural y espontáneo del niño que alimenta el aprendizaje, siendo un instrumento esencial en el día a día de las criaturas para explorar, manipular y experimentar. La mayoría de las veces, se presenta como un factor auxiliar del 'aprendizaje', como si hubiera manera de 'aprender' que no sea a través de un juego.

Cuando una madre estimula el impulso del bebé para desplazarse como los adultos, invitándolo a venir con los brazos abiertos, no le está exigiendo que ande, simplemente es una simulación, un juego entre madre e hijo a través del que aprenderá a andar. A ese acto pedagógico básico, enseñar a andar, también podríamos denominarlo el 'juego de andar'. Igualmente un profesor que enseñara a sumar diciéndole a los párvulos que sí a dos manzanas le unimos dos más tendremos cuatro manzanas, de hecho, podríamos decir que está jugando con sus alumnos, en el papel de 'profe', al juego de las manzanas, pues éstas son totalmente imaginarias. De la misma manera si yo pretendo explicar que presión es igual a fuerza dividida por superficie, lo que pongo en la pizarra es una formula cuyos términos son sustitutos de los fenómenos reales en la imaginación del alumno, por el mismo proceso psicológico en que un un palo torcido sustituye a una pistola en la imaginación de la criatura. Proyectando el tema, es de todos sabido que cuanto más se practica una habilidad más hábiles nos hacemos, es decir, cada vez que aplicamos lo aprendido con un juego éste se reproduce y nos proporciona mayor conocimiento, mayor habilidad. Efectivamente, son dos caras de la misma moneda, no es posible aprender sin jugar y no es posible jugar sin aprender.

Como suele decirse “doctores tiene la iglesia” que analizan y organizan este fenómeno, no obstante, con las intuiciones expuestas es posible afirmar que, un juego nunca es sólo un juego.

La satisfacción de haber aprendido algo, de decir “esto no lo sabía y ahora si”, es muy similar a la de culminar con éxito, tras repetidos intentos, los retos planteados por un juego. Es más, cuando un aprendizaje no da esa satisfacción en paralelo con lo aprendido es que no está bien planteado, es decir, el método de aprendizaje, el juego de simular la realidad para aprenderla resulta farragoso y difícil de localizar en la realidad. Un chaval o adulto puede presentar resistencia para entender la trigonometría, salvo que pueda ver o disfrutar alguna de las ventajas que aporta su aplicación a la realidad.

A su vez, hay que señalar que el juego es una puerta abierta por donde entran los mandatos sociales, es decir, la ideología dominante. Si juegan, por ejemplo, a “patrullas” alguno jugará en el papel de jefe, reproduciendo las referencias que tiene de esas personas, mientras que el resto se limitará a hacer lo que el jefe les diga, aprendiendo a prescindir de su libertad o capacidad para decidir. Así empiezan a entender y admitir cuales son las características, hoy en día, de la mayoría de empresas humanas. En el sentido ideológico el ejemplo más recurrido es el de los roles de género, y la rigidez con que los chavales suelen aplicarlos a sus juegos.

Podemos concluir que cualquier juego tiene un componente lúdico y otro didáctico y, partiendo de ese convencimiento, preguntarnos en qué consiste la parte didáctica de los ”juegos de guerra”, machaconamente promocionados desde portales digitales, teóricamente dedicados al entretenimiento y muy frecuentados por jóvenes y adolescentes. Desde el punto de vista lúdico no pasan de ser una mezcla de “comecocos” con el “gato y el ratón”. Y es que una guerra es precisamente eso, contrincantes que se buscan para matarse.

Desde la perspectiva didáctica, el mismo hecho de plantear la guerra como motivo lúdico es propio de sociópatas, salvo que el componente didáctico consista en aprender a matar y morir, en cuyo caso, tratándose de productos comerciales destinados mayormente a la juventud, estaríamos hablando directamente de delitos. En cualquier caso, se trata de una exaltación de la violencia cuyas influencia o enseñanzas no son en absoluto recomendables ni personal ni socialmente.

Se trata de productos extraordinariamente bien acabados y precisos que, en el colmo de la falta de respeto, plantean los escenarios reales del dolor y el horror que padecieron miles de personas, como tablero de un juego “para divertirse”. Escenarios que, sin vergüenza ninguna, adornan con músicas estimulantes y con toda clase de detalles dudosamente humorísticos. Los vídeos promocionales y los “podcasts” especializados suelen estar presentados por graciosos, en la peor acepción de la palabra, que gesticulan como criaturas y hablan de terroríficas armas perfectamente simuladas, como si fueran juguetes dispuestos en la estantería para que el usuario escoja. Para que se sienta como si realmente las estuviera manejando, sin mencionar los tremendos esfuerzos que ese manejo supone.

¡Toma! ¡Lo he reventado!” –Exclama con alegría infantil el gracioso de turno cuando da en el blanco, sin la más mínima empatía por las vidas que ha destrozado. De igual manera, cuando es alcanzado exclama un despreocupado “¡Mierda!” y se busca otro tanque en esa estantería que tan espléndidamente ofrece el juego. Ignorando completamente lo terrible que puede ser morir en la ratonera de un carro de combate.

–“¡Que bestia! ¿Has visto como ha chafado el árbol?” –Comenta alegremente el pobre chalado que se gana la vida de forma tan penosa, por más dinero que gane.

Son productos muy sofisticados, cuyo desarrollo supone la intervención de un gran número de especialistas cualificados, así como medios técnicos carísimos y, en consecuencia, exigen patrocinadores que aporten los grandes recursos económicos necesarios. ¿Son conscientes estos inversores de lo qué es un juego? De la responsabilidad que asumen cuando presentan la guerra como un alegre e inofensivo juego de niños. ¿Hasta tal punto han abandonado sus responsabilidades sociales? Realmente es escalofriante darse cuenta hasta que límite están llevando aquello de “... yo he montado una empresa para ganar dinero, no para beneficiar a la sociedad.”