domingo, 21 de enero de 2018

CRISTIANISMO Y MACHISMO.

        
El machismo es una categoría de la violencia, la que se ejerce por los hombres, considerados más fuertes, sobre las mujeres cuya constitución física se supone más débil. La supremacía del más fuerte es una ley natural, pero también lo es la gravedad y volamos. Se puede decir que la cultura es el fruto de neutralizar esas leyes naturales, de desobedecerlas, de no someternos servilmente a ellas. Sin embargo, bajo esa oscura y antiquísima ley, la del más fuerte, nacieron y se sustentan los grandes imperios y las grandes religiones que los bendicen. Las propias constituciones de los estados modernos están impregnadas de esa siniestra ley. Basta pensar, dado el tema que nos ocupa, en que consagran como forma de familia la constituida por dos cónyuges, una mujer y un hombre y, por si eso no fuera suficiente provocación, favorecen legalmente al hombre, salvedad hecha de los últimos y humildes avances en algunos países.
A lo largo de la historia las religiones y en general las superestructuras culturales, han ido justificando la supremacía del más fuerte en ese núcleo básico de convivencia, a base de denostar y menospreciar la condición femenina.
 Suele entenderse como 'cristianismo' al conjunto de creencias, dogmas y preceptos impuestos por el emperador Constantino en toda la geografía de su imperio, y cuyas consecuencias jurídicas, económicas, políticas y sociales, siguieron siendo impuestas por sus herederos, ya se trate de emperadores, papas, reyes o magnates de cualquier pelaje. Hasta tal punto es así que, hoy en día, dominan la práctica totalidad del globo.
El 'cristianismo', de forma muy parecida a como lo hace el 'islamismo' y otras religiones, se ha encargado y se encarga de que en la conciencia colectiva quede sólidamente instalada la idea de que la mujer es simplemente un mecanismo de reproducción al servicio de los hombres y su placer.

"A la mujer dijo (Dios): Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolores darás a luz a los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti".
Génesis 3:17

“Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocaré será inmundo hasta la noche. todo aquello sobre que ella se acostaré mientras estuviere separada será inmundo…"
Levítico 15:19 y 20

"Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive: pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido."
Romanos 7: 2

"Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice.
Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación."
Corintios 14: 34 & 35

"¿Y no sabes tú que eres una Eva? La sentencia de Dios sobre este sexo tuyo vive en esta era: la culpa debe necesariamente vivir también. Tú eres la puerta del demonio; eres la que quebró el sello de aquel árbol prohibido; eres la primera desertora de la ley divina; eres la que convenció a aquél a quien el diablo no fue suficientemente valiente para atacar. Así de fácil destruiste la imagen de Dios, el hombre. A causa de tu deserción, incluso el Hijo de Dios tuvo que morir."
Tertuliano. "De Culta Feminarum", 1.1

"Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer... No alcanzo a ver qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños."
"Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones."
San Agustín de Hipona.

"Sus caras son como viento abrasador, y sus voces silbidos de serpiente, pero también aplican encantamientos nefastos a incontables hombres y animales. Y cuando se dice que su corazón es una red, se está hablando de la malicia insondable que impera en sus corazones."
San Ambrosio

"Tengan sus hijos y hagan como puedan; si mueren, benditas sean, porque seguramente mueren en medio de una noble labor y de acuerdo a la voluntad de Dios... Así ven ustedes cómo son débiles y poco saludables las mujeres estériles; aquéllas bendecidas con muchos niños son más saludables, limpias y alegres. Pero si eventualmente se agotan y mueren, no importa. Que mueran dando a luz, que para eso están."
Martín Lutero

"El organismo de las mujeres está dispuesto al servicio de una matriz; el organismo del hombre se dispone para el servicio de un cerebro.
Federico Arvesu, médico jesuita.

"Sé que a las damas les duele oír esto, pero si se casan, han aceptado el liderazgo de un hombre, su esposo. Cristo es la cabeza del hogar, y el esposo es la cabeza de la esposa, y así es como son las cosas, punto.
El feminismo es… un movimiento socialista contrario a la familia, que estimula a las mujeres a abandonar a sus maridos, matar a sus hijos, practicar la brujería, destruir el capitalismo y a convertirse en lesbianas."
Pat Robertson. Teleevangelista y multimillonario.

"Un hombre tiene claro lo que quiere y hace lo que sea para obtenerlo sin ningún tipo de límites. Las mujeres encuentran que ese poder que tengo es tan excitante como mi dinero".
Donald Trump. Presidente de los E.E.U.U

La 'consciencia colectiva' se refiere a las creencias y actitudes morales compartidas. Funciona como aglutinante social, matriz de las conciencias individuales y fuente de los legisladores. Su evolución es muy lenta, sólo cuando esos valores compartidos entran en fragante contradicción con la realidad empiezan a cuestionarse. Difícilmente el legislador puede hacer nada para modificarla, sometido él mismo a esos mandatos cuyas raíces se pierden en el tiempo. Simplemente intentará corregirla cuando la aplicación de alguna de esas creencias o normas morales perjudiquen sus intereses. La conciencia colectiva es el campo propio de las religiones y demás parafernalias culturales.
Para hacer desaparecer de la conciencia colectiva la supremacía del hombre, va ha ser necesario mucho más que leyes y normas que protejan a la mujer. Es evidente que, dentro de nuestras cabezas, existen mandatos por encima de la propia ley puesto que el machismo, la supremacía masculina, sigue estando presente, de forma más o menos sutil en muchos casos, descarada en muchos otros y de trágicas consecuencias en demasiadas ocasiones.
Va ha ser necesario que esa conciencia colectiva sea realmente elaborada por el colectivo, Tendremos que encontrar los mecanismos sociales necesarios para que  sea la propia experiencia colectiva la que nos diga qué es bueno y qué es malo, sin que popes de ninguna clase, siempre al servicio del más fuerte, tergiversen esa experiencia.
Va ha ser necesario tal como lo hacemos con la ley de la gravedad que nos encadena al suelo, encontrar la manera de puentear esa ley del más fuerte que nos encadena a la violencia.
    

lunes, 18 de septiembre de 2017

ASESINOS EN LAS RAMBLAS


Una de las consecuencias del individualismo en que nos educan y obligan a vivir, es que, mientras la desgracia no te afecte a ti, puedes afligirte más o menos, pero la percibes lejana, extraña. Nuestra capacidad de sentir el dolor ajeno como propio está muy limitada, tanto como la capacidad de percibir la parte colectiva de nuestra existencia. No en vano, “tú a lo tuyo”, es la gran máxima que nos inculcan, desde la escuela a los medios de comunicación y las distintas formas de publicidad.

Sin embargo, esa máxima se hace añicos frente a realidades como la de Las Ramblas el pasado 17 de Agosto. Es así porque “lo mío”, es decir, mi incertidumbre y mi soledad, solo dan lugar al miedo y con miedo no se puede vivir. Hace falta algo más. Son necesarias certezas compartidas que rompan la soledad.

Es necesario reflexionar en voz alta, compartir los miedos abiertamente e intentar alcanzar algo de la verdad que camuflan tras esos 'enfrentamientos de civilizaciones' y otras milongas de las que nos hablan los medios en general. Las civilizaciones, las culturas, nunca se enfrentan, todo lo contrario, suelen ser muy promiscuas entre ellas. Los que siempre acaban enfrentándose son los intereses y de esos, de los que hay detrás de semejantes atrocidades, se habla muy poco, todo son incertidumbres.

De lo que no cabe duda es de que esos intereses están intentando desestabilizar, provocar miedo y confusión. Y si a esa certeza le añadimos que, a lo largo de la historia, ese es un recurso muy utilizado por las clases dominantes cuando quieren predisponer al pueblo para la guerra, 'se le ponen a uno los pelos de punta'.

Tan inquietante como pensar en los intereses que hay detrás de los asesinos, resulta pensar en los propios asesinos. Obedeciendo a la estúpida manía de endiñar al sujeto todos los tópicos propios de su origen, lo primero que han destacado los medios es que sus familias provienen del sur del Mediterráneo y son de creencias musulmanas. Con lo cual, en vez de despejar incógnitas las incrementan, convirtiendo, de un plumazo, a cientos de miles de trabajadores en quintacolumnistas de ese quimérico 'enfrentamiento de civilizaciones'. La única certeza es que los asesinos han nacido o se han criado entre todos nosotros, han ido a las mismas escuelas, han tenido los mismos maestros, han compartido los mismos 'ídolos', los mismos sueños. Hasta tal punto es así, que ese 'nosotros', nos guste o no, también los incluye.

“Aquests nens eren nens com tots. Com els meus fills, eren nens de Ripoll. Com aquell que pots veure jugar a la plaça, o el que tragina una motxilla enorme de llibres, el que et saluda i et deixa passar davant a la cua del súper, el que es posa nerviós quan li somriu una noia.

…

Pilot, mestre, metge, col·laborador d’una ONG. Com s’ha pogut esvair, això? Què us ha passat? En quin moment…? Què fem perquè passin aquestes coses? Éreu tan joves, tan plens de vida. Teníeu tot una vida davant… i mil somnis per fer realitat.”


Son dos párrafos de la carta abierta escrita por Raquel, educadora que tuvo a su cargo a los asesinos cuando eran adolescentes. Es un texto que vale la pena leer porque le da una perspectiva a la tragedia que, si no certezas, sugiere preguntas necesarias.

“… i mil somnis per fer realitat.” ¿Tan grande fue la decepción, el desengaño y la amargura, para que el maldito imán pudiera introducir tanto odio en tan breve espacio de tiempo? Dudo mucho que entre seguir al Barça, jugar con el móvil y vacilar con las chavalas, se les ocurriera ni siquiera ojear “El Coran”. No, el deleznable imán no pudo encontrar el terreno abonado por el fanatismo religioso. ¿Qué les dijo? ¿Qué siniestra grieta utilizó para introducir tanta ponzoña? ¿Cómo consiguió que les resultara más atractiva la muerte que todas las posibilidades que les prometía la sociedad? ¿Cómo pudo ganarles tan fácilmente la partida a maestros y educadores? De alguna manera tuvo que convencerlos de que todo lo que les habían enseñado, que todas las posibilidades que les planteaban, eran asquerosas mentiras. Y los asesinos miraron a su alrededor: Trabajo precario con sueldos de miseria o paro, hacinamiento en la vivienda, xenofobia y clasismo, costes inasumibles de la formación necesaria para promocionarse, asistencia social recortada a mínimos y, en general, una distancia cada vez más insalvable entre los que pueden y los que no.

Miraron a su alrededor y solo estaba el maldito cabrón que lo explicaba todo en términos de odio, sangre, religión y muerte. Nadie más. Nadie continuó la entregada y necesaria labor de los trabajadores sociales cuando los muchachos se enfrentaron a la realidad. Ningún compañero estuvo allí para razonarles que sus problemas, que esa sensación de haber perdido cualquier horizonte, no tiene nada que ver con religiones, etnias o guerras santas de ningún tipo, que todo eso no existe, que son puras invenciones de intereses muy concretos. Nadie les advirtió que sus problemas son los problemas de la clase obrera. Nadie les dijo que todo lo que soñaron es posible si nos unimos y luchamos juntos. Nadie les enseñó como se hace eso. Y ellos, los asesinos, se dejaron llevar por la desidia, por el tobogán del rencor, del odio, por el camino fácil de la violencia.

La sensación de marginación y fracaso, son el caldo de cultivo ideal para el rencor y el odio, son el terreno propio para imanes diabólicos, capos de 'maras' y otras mafias, promotores de guerras, traficantes de heroína, webs inductoras de suicidios, partidos fascistas...

Los intereses a la sombra del maligno imán saben muy bien lo que hacen, esa es la grieta. Ellos saben que nuestras redes de organización y solidaridad populares están prácticamente desmanteladas o en manos de la administración y las burocracias, que para los sectores “emigrados” de la clase obrera ni existen. El infame imán sabía que eran presa fácil, que nadie se preocupa de unos “moratas”.

Sin embargo, conviene que nos preocupemos, de los “moratas” y de todos los compañeros que viven de su trabajo. Conviene que dejemos el 'facebook', recorramos las calles y hablemos con ellos. De haber sabido que no estaban solos, el imán no lo hubiera tenido, ni mucho menos, tan fácil. Conviene que, como dice Raquel, “Això no ha de quedar en una historia més. Hem d’aprendre’n, hem de fer un món millor. Practicant amb l’exemple, educant en la no-violència, transmetent el no-odi, la igualtat. Educant a les escoles, als espais oberts, a les famílies, als nostres fills…” Y habría que incluir a sindicatos, organizaciones políticas, asociaciones de vecinos, culturales, deportivas, etc.

De lo contrario, esa guerra a la que quieren abocarnos, nosotros los trabajadores la tendríamos perdida, sencillamente porque las bombas, los ejércitos, las economías, son finitas, pero el odio crece exponencialmente y sin limites.
 

martes, 27 de junio de 2017

PROPIEDAD Y VIOLENCIA


“... Puede tratarse de un pedazo de pan o un trozo de galleta, un poco de cassava o de plátano. Nunca se lo come solo y entero, pues los niños lo comparten todo: por lo general, la niña más grande del grupo se cuida de que todos reciban una ración justa, aunque a cada uno le toque una sola migaja ...”

Ébano. Ryszard Kapuscinski.



Quizá hubo un tiempo en que todo el colectivo almacenaba el fruto de su trabajo en un mismo lugar del que cualquiera podía proveerse según su necesidad, coger más de lo necesario solo podía obedecer a un trastorno mental. Es posible imaginar un paraíso semejante si lo fundamental es la supervivencia del grupo, es decir, cuando cada uno de sus miembros percibe la existencia como una realidad colectiva.

Las cosas debieron complicarse cuando las condiciones de trabajo, por razones de climatología, enfermedades o cualquier otra, impedían un rendimiento óptimo y lo almacenado no alcanzaba para que cualquiera se proveyera libremente, debiéndose racionar de manera que, por lo menos una mínima parte, llegara a todo el colectivo.

También podría ocurrir que el rendimiento del trabajo fuera tan pobre que las raciones no garantizasen el sustento. Por lo tanto, habría que decidir entre la supervivencia de tan solo una fracción del colectivo o su extinción. Entonces, aparecerán la violencia y el horror.

Las hambrunas, la escasez de recursos vitales, darán lugar a la violencia dentro del colectivo, amenazando a este con la autodestrucción. Será la interacción de esa violencia con el instinto de conservación del grupo, lo que propiciará la agresión a otros colectivos, ya sea para arrebatarles directamente el fruto de su trabajo o bien, para apoderarse del medio físico que les proporcione rendimientos capaces de sostenerlos con holgura. Así nacerán las guerras, como un mecanismo de supervivencia.

En principio, y en circunstancias optimas, la potencia implícita en cada persona debiera ser suficiente para producir su propio sustento. No obstante, las condiciones ideales suelen ser escasas y siempre bajo la amenaza de cambios incontrolables, además, la población que sustentan acabará por desbordarlas ineludiblemente, ya que para unas condiciones de producción dadas es posible mantener a un cierto número de individuos, sin embargo, cuando esa relación es óptima la población crece, con lo que las mismas condiciones de producción dejan de cubrir las nuevas necesidades a que el incremento de la población da lugar.

Han sido necesarios milenios de sufrimiento y durísimos trabajos para la mayoría, hasta que, cuando menos allí donde la industria es la principal fuente de riqueza, la sociedad ha encontrado la manera de dotarse de herramientas técnicas y culturales que permiten optimizar los rendimientos de su trabajo, a la vez que posibilitan el autocontrol de la población en función de los recursos disponibles, superando así la trágica necesidad del recurso a la guerra. No obstante, la guerra, la violencia y el horror no han desaparecido, persisten aunque ya no exista ninguna razón que los justifique. Entendiendo, claro, está, que conservar la vida sería la única justificación lógica del recurso a la fuerza entre seres humanos, esa persistencia resulta paradójica porque los medios técnicos y el control de la naturaleza con los que contamos en la actualidad, son suficientes para que ninguna persona deba temer por su supervivencia.

El hecho de que determinados colectivos recurrieran o necesitaran recurrir a la rapiña como sistema de supervivencia, debió tener como consecuencia inmediata que el resto de colectivos armasen sus defensas. Así la violencia pasa a formar parte fundamental de la cultura y rompe, en el interior de los colectivos, la horizontalidad social a favor del más fuerte que, autorizado por el uso de la fuerza como razón, es quien se lleva la mayor parte de lo conseguido por todos. Ración que va disminuyendo en proporción a la capacidad del uso de la violencia y da forma de pirámide a la horizontalidad original.

Así, la identidad, la posición en la estructura social, queda fuertemente vinculada a lo que posees, es decir, a lo que eres capaz de defender. Propiedad y violencia parecen ser consustanciales, dos caras de la misma moneda, lo que explicaría o daría lógica a la paradoja señalada, pues si bien entendemos y disponemos de los medios para eliminar la violencia, no somos capaces de una estructura social que no se base en la propiedad, no encontramos la manera de volver a la horizontalidad.

Cabría pensar que el largo esfuerzo realizado para resolver la escasez, ha roto la primitiva manera de percibir la existencia como una realidad colectiva. Acaso ese sería el trayecto resultante de lo que conocemos como progreso, el camino que convierte a un ser incapaz de vivir sin el abrigo de sus semejantes, en un ser mutilado de su capacidad social y, en la medida que esa mutilación le impide unir su fuerza con sus semejantes, con los de su estrato en la pirámide, con los de su clase, se ve obligado, si quiere sobrevivir, a vender la propiedad de su trabajo a estratos piramidales más altos, es decir, dotados de más fuerza.

Volver a la horizontalidad social, hacer buenos los progresos alcanzados, pasa por recuperar la conciencia de nuestra existencia colectiva, como fuente de conocimiento que nos permita vivir con plenitud la individualidad, a la vez que decidir y actuar como colectivo. Pasa por sustituir la ley del más fuerte por la ley del más débil, como garantía del innato derecho a la vida. Y eso es posible ahora que somos capaces de surcar el espacio y dominamos la materia hasta extremos subatómicos. Ahora que todos sabemos leer y escribir. Ahora que los medios técnicos de comunicación desbordan una y otra vez, las mordazas de los más fuertes.

Ahora, porque el potencial violento acumulado en el vértice de la pirámide. es tal y está en tales manos, que amenaza no solo a la especie humana, sino al propio planeta como ente vivo, por lo que, más allá de que tanto la violencia como su estructura piramidal sean perfectamente eludibles, urge encontrar la salida, urge encontrar una cohesión social no vinculada a la propiedad y a su inevitable compañera, la violencia.
 
 

viernes, 10 de febrero de 2017

FELICES LOS PUEBLOS QUE NO NECESITAN HÉROES


En paralelo con la aparición del estado aparecen las religiones basadas en doctrinas y no en las ánimas que habitan las cosas, tal como era habitual en las sociedades tribales. Esa doctrina, en última instancia, servía y sirve para imponer creencias, hábitos y costumbres que no contradigan los intereses de la clase económicamente dominante. Determina la frontera entre el bien y el mal, fija los castigos para los que siguen la senda equivocada y describe o establece los comportamientos que garantizan los límites del bien.

Esas doctrinas se sustentan en mitologías y, en consecuencia, son totalmente ambiguas y sin lógica ninguna. Sin embargo, esa ambigüedad, resulta de gran utilidad para los maestros o guardianes de la doctrina, simplemente maquillando los contenidos, adaptan la misma estructura de poder doctrinal, a los distintos intereses de las distintas clases que a lo largo de la historia puedan ostentar el poder económico. Esos maestros, gurús o sacerdotes, pondrán especial cuidado en la pedagogía, de manera que irán adoptando el sermón a los tiempos y a las distintas retóricas precisas para cada uno de los estratos de la pirámide social. Sin embargo, sea cual sea la clase dominante, el mensaje al estrato productivo, es decir, a la base de la pirámide, nunca cambia, siempre utilizan la misma figura retórica, héroes en el ámbito civil y santos en el religioso. Son relatos mitológicos referidos a individuos ejemplares y convencidos de la excelencia de los valores establecidos en la doctrina de que se trate, con unos niveles de virtud inalcanzables para el común de la gente, pero a los que debemos intentar aproximarnos.
 
El nacimiento del héroe, con independencia de que coincida con el nacimiento físico del individuo que realiza los actos heroicos, siempre es singular y requiere de la intervención de los dioses en la mitología clásica, o de la fatalidad y la locura en las versiones burguesas, donde suelen ser caracterizados como 'antihéroes', en contraposición a las versiones medievales o religiosas. Esa singularidad nos advierte de la imposibilidad de abordar lo heroico, siendo seres vulgares sin peculiaridad ninguna que nos adorne. La inalcanzabilidad de su virtud es una condición fundamental en la construcción del héroe. Podrás parecerte, nos dicen, pero nunca serlo. Así, establecido que de lo vulgar nunca nace lo heroico, nos queda prohibido, a los simples mortales, generar héroes reales o ficticios.
Igualmente consustancial a su naturaleza es su humanidad, goza y sufre tal como sufrimos y gozamos la gente común, lo cual garantiza que nos sintamos identificados y hasta seducidos por él. Nada lo hace diferente cuando todo está en orden, cuando las cosas se ajustan a lo señalado por la justicia establecida. Su singularidad, aquella que lo marcó en su nacimiento, consiste en ser excepcionalmente sensible a la injusticia, es decir, al desorden o desbaratamiento de lo que entiende por justicia la doctrina impuesta. Cuando eso ocurre todo el potencial con que los dioses o la fatalidad lo han dotado se manifiesta, elevándolo por encima de la vulgaridad doliente y resignada.

Se establece entonces un singular y desigual combate, el héroe, solo, contra las descomunales fuerzas del desorden. Fuerzas que acabaran sucumbiendo merced a ese especial poderío con que, entes muy por encima de su naturaleza humana, han dotado al héroe.

Acabarán sucumbiendo las fuerzas del desorden, volverán las aguas a su cauce, al cauce señalado por los mismos dioses que concibieron al héroe, y todo el mundo será feliz, menos él. Si consigue sobrevivir al descomunal esfuerzo realizado, el trauma de la experiencia vivida lo precipitará a un final trágico o bien, tal como suele ocurrir con los 'antihéroes', volverá a sumirse en la fatalidad de su condición humana. Ese halo de tragedia que siempre envuelve al héroe presagiando un final patético, es una advertencia de la clase dominante para aquellos que, desde su vulgaridad, intenten alguna proeza: acabarán mal, muy mal. Pero, eliminar al héroe, también es una necesidad para los dioses que lo parieron, de lo contrario, si el héroe sigue vigente, puede acabar siendo un peligro para los propios dioses, pues siendo ellos los amos del mundo, consintieron el desorden, es decir, la injusticia. Sin duda, los héroes deben morir.

Todo el relato o sermón entorno a esa figura tiene la doble función de reforzar la individualidad y menospreciar lo común, la dimensión social.

La soledad del héroe es parte de su humanidad, lo hace semejante a nosotros, tan solo el soplo de los amos del mundo le permite salir de la oscura vulgaridad. El héroe lucha solo, nos dicen, porque todos estamos solos, porque cualquier percepción mas allá de nuestra piel, es pura ilusión. Nuestra naturaleza, insisten en decirnos, termina en lo individual y es absurdo pensar en entes colectivos. Cualquier coherencia entre nosotros la establecen razones que, como individuos, nos resultan inalcanzables.

Ese mensaje nos dice que nuestras existencias son inacoplables y, por lo tanto, es inútil esperar que los demás nos entiendan. La necesidad de seres heroicos sugiere que cualquier progreso solo es posible a partir de la voluntad individual, más allá de la cual solo existen los designios de un orden que está muy lejos de nuestra capacidad cognoscitiva.

La soledad del héroe, la incomprensión e indiferencia con que el común de los humanos lo observan, así como el endiosamiento y total sumisión posterior a la epopeya, pone en evidencia la alienación del resto de mortales, su torpeza, su incapacidad de rebelarse y controlar sus propias vidas, razón por la que, irremediablemente, están condenados a sufrir la injusticia con mansedumbre y sumisión a la espera de algún héroe redentor dispuesto al sacrificio. Ese es el mensaje último que encierra la retórica del héroe y que, los gurús del sistema, nos repiten incansables.

Efectivamente, felices los pueblos que no necesitan héroes, pues eso significaría que han encontrado la manera de conducirse a sí mismos, de corregir de forma continua la injusticia a partir de la dimensión social de todos y cada uno. A evolucionar, no a partir del esfuerzo titánico de un ser quimérico hecho a la medida de los viejos o de los nuevos amos, sino “... produciendo sistemáticamente las herramientas que le permitan constituirse en colectivos inteligentes, capaces de orientarse dentro de los mares tormentosos de los cambios.”, tal y como nos dice Pierre Lévy.




domingo, 22 de marzo de 2015

BARCELONA

Las ciudades son trozos de geografía densamente poblados y con carácter propio, como si de la suma de todos y cada uno de los temperamentos de sus habitantes resultara una única macropersonalidad perfectamente identificable.
 
Barcelona es una ciudad muy antigua, dice la tradición que la fundó Almircar Barca, el fenicio cartaginés. Podría ser cierto dado que, de siempre, ha sido un lugar muy propicio al trapicheo, y sus habitantes muy aficionados a coger un barco, llegarse hasta donde haga falta, llenarlo de lo que sea y llevarlo donde ese algo tenga buen precio.
Será por eso que, sin haber sido metrópoli de ningún imperio, en sus estrechas calles y oscuros comercios siempre fue posible encontrar gentes y mercancías de cualquier lugar del mundo. Lo cual es todo un mérito porque puerto, lo que se dice un puerto de verdad, no lo tuvo hasta el siglo XX.

De hecho, si exceptuamos algún siglo durante la Edad Media, nunca fue sede de pomposas cortes reales o eclesiásticas. Ni siquiera los nobles que daba el propio país se quedaban. Preferían Nápoles, Madrid, Roma o París.

No. No es un cuento de hadas la historia de esta ciudad. Nunca fue fácil salir adelante entre sus piedras. Todo un revelador detalle es que no se le permitió desbordar sus murallas medievales hasta bien entrado el siglo XIX. Sólo podía crecer hacia arriba, de ahí que sus estrechas calles tengan muy escasos ratos de sol y nunca consigan secar del todo sus humedades.

Luego llegó la era industrial con la que sus rincones se llenaron de hollín, sus luminosos cielos de pestilentes humazos y los bonitos paisajes de sus cercanías se convirtieron en lodazales herrumbrosos.

Ahora bien, dinero siempre ha corrido en grandes cantidades, por los lúgubres pasillos de sus curias civiles o de las otras. Sin embargo, cuando esos dineros rompen la crisálida y devienen poder, por alguna extraña razón, vuelan lejos de esta ciudad. Podría decirse que cuando nuestros prohombres consiguen suficiente dinero para hacer y deshacer, venden el chiringuito y se largan.

Tampoco han sido muy proclives esos prohombres, una vez instalados en el poderío, a cederle prebendas o ventajas de algún tipo, más bien todo lo contrario. Suelen ser de la opinión, como dijo cierto general no hace mucho, que Barcelona debe ser bombardeada periódicamente. Periodos que, fatalmente, coinciden con aquellos en que ya se lo han vendido todo.

Ese es el ciclo o rueda que mueve esta ciudad. El último se inició con las olimpiadas, de fatua memoria, y se cierra ahora con los trabajadores en paro y adjudicando el invento al mejor postor. Esa es la historia de los que siempre hemos estado aquí aunque seamos recién llegados, es decir, la parte estable, la genuinamente barcelonesa, la que no va a fallar, la que no se largará a ningún paraíso fiscal, la de los trabajadores.

Con semejantes ciclos existenciales, cualquiera podría pensar que Barcelona es una ciudad lúgubre y triste, habitada por gente que no tienen mejor sitio donde ir. Pues no.

Barcelona siempre ha sido una ciudad alegre y bulliciosa a la que sus habitantes aman con el arrebato con que suelen amar los adolescentes. Y no son necesarias siete generaciones, basta vivir una temporada para que, sin darte cuenta, adoptes el gesto ajado del amante que espera el metro de madrugada. Es un amor de caricias bruscas y con prisa, nacido de breves lucideces cuando, sumidos en una borrachera de ruidos, gente y CO2, nos sentimos abrazados por ella.

Sin embargo, ese amor un tanto barriobajero, hace posible que, con todas sus miserias y esclavitudes a cuestas, Barcelona siempre haya estado a la vanguardia. Con el cuerpo molido por doce horas de trabajo pero en la barricada, con instrumental de segunda mano, en el último rincón de la nave, junto a los lavabos, pero aplicando a Einstein, calzando alpargatas y comiendo arroz hervido, pero plantando cara al mismísimo Apolo. Ese amor ha hecho posible que, una y otra vez a lo largo de su historia y a pesar de las traiciones, abandonos y desventuras, Barcelona siempre haya salido adelante.

Pero esta vez esos que se forran de pasta y se lo venden todo antes de largarse, la parte volátil del invento, esos falsos ciudadanos, se están pasando. Es que esta vez se están vendiendo hasta los lavabos. Es que nos están dejando en alpargatas y con una azada vieja como toda herramienta. Es que se han vendido hasta nuestras propias casas. Nos han dejado disfrazados de neoyorquinos y con la cara de quien ha pagado el convite y no le dejan meter mano. Se han vendido hasta las calles, ni bancos públicos para comerte un bocadillo quedan, han puesto terrazas privadas donde está prohibido llevar comida de fuera.

Primero convirtieron la ciudad en un desmesurado hotel, por no darle un nombre más realista, y ahora se lo venden. En otros tiempos siempre quedaban los talleres y nosotros dentro dispuestos a trabajar, aunque fuera con herramientas obsoletas y sueldos miserables... Pero esta vez ¿que hará Barcelona entre tantas habitaciones? ¿Con tantos cuerpos de diseño haraganeando por sus calles con la excusa de No Se Que World Congress? Los barceloneses sólo nos desnudamos con nuestra ciudad. No nos interesan ese tipo de trabajos ni la 'riqueza' que proporcionan. Somos gente que nos gusta trabajar con las manos y la cabeza. Somos gente honrada, necesitamos fábricas, despachos, tiendas, talleres, barrios vecinales, servicios públicos gratuitos para todos, rincones tranquilos... Necesitamos una ciudad para seguir amándola de verdad.

Es que el ciclo también puede romperse. También puede ser que nuestra capacidad de trabajo, el verdadero combustible y atractivo de esta ciudad, a fuerza de perderse la que tenemos y no llegar nueva, se agote.

Es que esta vez, si la parte espuria del invento, la que se lleva el dinero, consigue lo que se propone, nuestra amante y amada ciudad, va a quedar para entretener a turistas borrachos... Sin cobrar por la cama y por cinco euros la hora.


Juanma.

domingo, 16 de noviembre de 2014

LA UTOPÍA ES LA VOZ DEL ORÁCULO.


Cuando los físicos definen el trabajo como la fuerza multiplicada por el desplazamiento, no sólo nos proporcionan un procedimiento para medirlo, además, nos dicen que, con independencia de la disciplina en que nos situemos, sin esfuerzo nunca pasaremos de A a B. Dicho sea teniendo presente que el dinero es trabajo, nuestro o de otros, pero trabajo.
Solemos hablar de trabajo remunerado y no remunerado. Al primero se le vincula al contrato con alguna entidad que convierta nuestro trabajo en dinero, al segundo con nuestra vida privada, en la que la totalidad de nuestro trabajo se convierte directamente en bienestar.
Esas dos formas de trabajo sumen a las personas en una dualidad ciertamente desequilibrante. Algo al estilo de 'Dr. Jekyll and Ms. Hyde.' Por poner un ejemplo, pensemos en el discreto y eficaz operario en el taller o la oficina, transformándose, cuando llega la hora de plegar, en un perspicaz activista social. Acaso, otras formas de intercambiar nuestro trabajo, otras formas de mercado, permitirían acabar con ese desequilibrio.
En el aspecto personal, hay una importante diferencia. Mientras que el trabajo remunerado es alienante, ya que nos limitamos a ejecutar ordenes, en el no remunerado sabemos por que lo hacemos y para qué. Así, al ejecutarlo, también nos realizamos, nos permite observar nuestro trayecto, ver la hermosa pirueta entre A y B, ser algo más que una interminable ristra de días en pasado, todos iguales, haciendo lo mismo.
En el trabajo no remunerado, la motivación no es ajena al propio trabajo, lo hacemos por un beneficio directo, no por un miserable 'puñado de dolares'. Este detalle hace que esa forma de trabajo tenga mucho más rendimiento pues podemos aplicar nuestra propia y rica experiencia, no la obligada, escueta y controlable normalización. Así mismo, al no estar sometido a las oscilaciones de los intereses monetarios, su valor es fijo, no puede devaluarse.
Esa es la forma de trabajo que todos pretendemos, el que aúna nuestras aspiraciones con nuestros esfuerzos. Es una forma de trabajo que, además de energía, exige reflexión. Ese es, precisamente, el tipo de trabajo que están utilizando las nuevas formas de organización política que surgen a partir del 15/5/2011.
Semejante planteamiento anula el enlace jerarquizado entre unos y otros trabajos individuales, pues lo que tengo que hacer depende de mi propia reflexión y no de las tácticas y estrategias de algún estamento jerárquicamente superior, ya sea electo o impuesto. Nos fuerza a conectar nuestro trabajo tejiendo una red. El nexo con el colectivo ya no se basa en que mi existencia depende de encontrar, en dura competencia con mis compañeros, algo o alguien a quien someterme, sino en encontrar la manera de sumar mis esfuerzos a los del colectivo. Es decir, resulta imprescindible sustituir la sumisión y la competencia por la solidaridad.
Pretender que esa forma de trabajo en que la idea y el esfuerzo tienen el mismo origen, resulte socialmente eficaz presupone, por parte de todos los miembros de cualquier colectivo, un acceso completo a toda la información, no sólo a aquella parte vinculada a nuestra función. En una estructura en red no es posible aislar un nodo sin riego de que toda la red se desmorone, ni el nodo sobrevivirá por si mismo. Por otro lado, cualquier movimiento en uno de sus nodos, tal como ocurre en los líquidos, provocará una onda que afectará al conjunto de la red. Estas características implican que cualquier decisión, cualquier acción colectivamente sostenible, debe tener presente la totalidad de la información que genera el colectivo.
Considerando la cultura como el registro de las soluciones dadas a nuestras necesidades, una forma de trabajo como la descrita rompe el esquema compartimentado y jerárquico de elaborar la cultura y, como requisito, necesita una población dispuesta a no dejar nunca de aprender. El propio sistema educativo tendría que centrarse en desarrollar al máximo la natural disposición al aprendizaje que todo ser humano posee. No, tal como actualmente ocurre en la práctica, en ir filtrando esa naturaleza hasta conseguir expertos en una pequeñísima fracción de la cultura y legos en todo lo demás. Serán las circunstancias y necesidades de cada momento, las que concretarán las técnicas a aprender y la especialidad que mejor se ajuste a cada cual.
Lo más interesante, dentro de un esquema de trabajo en el que idea y acción avanzan al unisono, es que la realidad no se presenta como un ideal, que alguien a dictado y al que debemos aproximarnos, sino que se manifiesta como un puzzle de realidades donde hay que encajar. La lógica de esa realidad no es un listado de silogismos hechos de palabras. No se trata de premisas y conclusiones que orientan una acción, son necesidades que llevan implícita la conclusión, se trata de discutir el cómo, la acción viene cantada. Dicho de otra manera, sobran retóricas, no es necesario convencer u obligar a nadie de lo que tiene que hacer, en el sistema de trabajo no remunerado todos somos responsables y debemos tener toda la información, la realidad resultará evidente: Hay que encajar en el puzzle, en la red.
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La utopía es la voz del oráculo, la que nos predice el futuro. Entre lo utópico y lo viable sólo se interpone la técnica. La utopía es un trastorno de la razón objetiva que nos fuerza a modificar la realidad hasta hacerla viable según ese trastorno. La utopía descrita en estas líneas, el trabajo como realización personal, dispone de los medios técnicos necesarios para generalizarse, para convertirse en la forma principal de trabajo, y, gracias al derecho universal a la enseñanza, hace tiempo que la gente dispone de conciencia individual suficiente para percibir su existencia como lo que en realidad es, una sucesión de aprendizajes.
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No deja de ser una opinión, pero todo apunta a que ahí radica el éxito que, las nuevas formas de organización de las clases populares, tienen en la captación de ese trabajo que llamamos 'no remunerado'. Aporte vital que las organizaciones tradicionales han ido perdiendo hasta el extremo de depender, absolutamente, del trabajo en forma de dinero que los bancos proporcionan. Es un éxito basado en la ruptura del esquema jerárquico, ruptura que posibilita la percepción del aprendizaje como experiencia vital.

martes, 1 de junio de 2010

DE AQUI O DE FUERA, UNA SOLA CLASE OBRERA.


Hace muchos, muchos años, un señor montó una fábrica apoyándose en dos bastones. Por un lado tenía mucho dinero y, por otro, disponía de un montón de miserables dispuestos a vender su trabajo por un sueldo de mierda. De donde sacó tanto dinero y cómo consiguió controlar a tanta gente, es mejor no hablar...

El caso es que, ¡lo que son las cosas!, ese montón de miserables, a la que tuvieron la barriga llena, decidieron exigir mejores sueldos para dejar de ser miserables y aprendieron a utilizar métodos anticonceptivos para dejar de ser un montón. Como era de esperar esto no le hizo ninguna gracia al señor que montó la fábrica porque encarecía mucho la fuerza de trabajo y, por lo tanto, daba al traste con una de las patas de su invento.

Una solución razonable hubiera sido pactar con el montón de miserables unos sueldos que, manteniendo un nivel motivante de beneficio, permitiera un nivel de vida suficientemente holgado como para que cualquiera pudiese darse el lujo, y tener la honra, de aportar a la sociedad entre dos y cuatro hijos. Bien planificado este planteamiento permitiría mantener una población estable cuyos niveles de formación garantizarían, por un lado, que la gente trabajaría mucho, bien y con ganas, mientras que por otro lado, los buenos sueldos asegurarían que el dinero corre entre la gente y esa es la mejor manera de abordar cualquier reto de futuro.

Eso sería lo lógico o, en cualquier caso, hubiese valido la pena intentarlo. ¡Pero no! El señor del dinero dijo que él había montado una fábrica para hacerse tan rico como fuera posible y no una entidad para beneficio de la sociedad. En consecuencia, si los miserables habían decidido dejar de suministrarle más miserables, los iría a buscar donde fuera: Murcia, Aragón, Galicia, Andalucía, China, Marruecos, Sudamérica, África... El caso era tener muchos miserables que siguieran trabajando por cuatro chavos. Y en esas estamos. Si hablásemos de una partida, el señor del dinero les ha ganado descaradamente la jugada a los miserables. Sin embargo la partida continua... ¿Cuál será la siguiente jugada?

Veamos. El señor del dinero tiene una postura muy clara de la que no se mueve ni borracho: Si hay quien me lo hace por menos sería de gilipollas pagar más. Y punto redondo. Es evidente que su interés tiene dos vertientes. La primera es garantizar que, en los países de origen, se mantengan unas condiciones sociales de miseria que fuercen a la emigración. Y la segunda es asegurarse que los trabajadores que ya estábamos aquí nos enfrentemos a los trabajadores recién llegados. De esa manera, metidos en enfrentamientos estériles, nos va a ser imposible generar la unidad necesaria para exigir buenos sueldos.

Así pues, el señor del dinero, no escatimará medios para, utilizando a los cavernícolas de siempre, difundir en la sociedad un par de mensajes. Por un lado, convencernos de que los países de donde vienen los trabajadores recién llegados no tienen remedio, de que son un nido de terroristas, delincuentes y pedigüeños irrecuperables. Convencernos de que lo único que podemos hacer es construir armas infernales para machacarlos cuando se ponen flamencos. Y, por otro lado, inculcarnos la idea de que los trabajadores recién llegados son una especie de parásitos que, sin cultura ni educación posible, vienen para aprovecharse de nuestros 'avances' sociales. Esas son las cartas del señor del dinero.

¿Y las nuestras? Las de los miserables. ¡Que chungo lo tenemos! Pero bueno, ¿y que? ¿Alguna vez lo hemos tenido fácil? No hay que dejarse impresionar. Son demasiadas historias de lucha y sacrificios la que llevamos a nuestras espaldas, a las espaldas de la clase obrera, como para achicarnos frente a semejante fullería. Nuestros mayores aprendieron a exigir los pocos derechos de los que ahora disfrutamos y supieron corregir sus hábitos y cultura para que una sociedad un poquito más justa fuera posible. ¿Ni siquiera intentaremos estar a su altura? ¿Seremos incapaces de jugar nuestras cartas con el arrojo y la dignidad con que ellos jugaron las suyas? Pensemos porque, efectivamente, nos la estamos jugando.

Por lo menos tenemos una certeza: La jugada maestra sería cortarle la fuente de miserables al señor del dinero. Interrumpir el flujo migratorio. Si consiguiéramos eso lo dejábamos en pelotas. ¿Cómo? Las noticias sobre las titánicas luchas de los pueblos suramericanos contra las multinacionales y, últimamente, sobre el arrojo de las clases trabajadoras en los países árabes, nos están dando una pista. Es precisamente de esos países de donde nos llegan los nuevos compañeros. Si los trabajadores de esos países, tal y como lo consiguieron nuestros mayores, consiguen unas condiciones de vida dignas dejaran de tenerse que enfrentar al drama de la emigración. Ahí tenemos una carta de triunfo seguro: Apoyar decididamente la lucha de esos pueblos por conseguir buenos sueldos y todos sus derechos para que no necesiten emigrar.

Y puestos a darle al tarro se nos podría ocurrir hacerles ver a los compañeros recién llegados que los han engañado, que esto no es ningún paraíso, que sus sueños no se harán realidad por la misma razón que no se han hecho realidad los nuestros. Que su única posibilidad, como la nuestra, es vender su fuerza de trabajo lo mas cara posible y que eso sólo se consigue uniendo esa fuerza de trabajo, la suya y la nuestra, como una piña. Hacerles entender que la patria común, la suya y la nuestra, es Fuenteobejuna donde todos van a una. De esa manera todas esas compañeras y compañeros que el señor del dinero trae para debilitarnos, si conseguimos que se unan a nosotros, en realidad nos habrán fortalecido. Saliéndole al susodicho el tiro por la culata.

Esas son nuestras cartas y la partida está abierta.

Juanma.